La trampa de lo “natural”
Ella se maquillaba los labios de granate, delineaba los ojos con una línea firme y aplicaba un rubor que le devolvía claridad al rostro.
No era un disfraz.
Era una manera de reconocerse.
Verse con color la hacía feliz, como si necesitara ese leve ajuste frente al espejo para que la imagen coincidiera, por fin, con lo que llevaba dentro.
Él también se iba ajustando: el bigote, a veces delgado, a veces recortado; la barba en perilla, bien cerrada o con ese descuido calculado de tres días.
También él se estaba buscando.
También él se estaba dando forma.
Pero a él nadie lo juzgaba.
En su caso, dejarse crecer el vello o modificarlo era estilo, no conflicto.
Nadie interpretaba esos gestos como un intento de ocultarse.
En ella, sin embargo, la lectura cambiaba: maquillarse —aunque fuera añadir color— se convertía en un acto puramente superficial.
En un signo de falta de aceptación.
En la idea de que no se quiere lo suficiente o de que se está negando.
Y entonces surge una pregunta que invita a reflexionar:
¿por qué el mismo gesto —el de construirse— se lee en una mujer como negación de sí
y en un hombre como un detalle sin importancia?
A ella la señalaban por no parecer natural.
Le decían que se ocultaba, que no se aceptaba, como si maquillarse fuera esconderse y no un gesto elegido para sentirse más ella.
Como si la naturalidad fuera un formato previo que hubiera que cumplir sin desviarse.
Como si su rostro perteneciera al espacio público, expuesto al juicio de los demás.
Como si ser auténtica consistiera en ajustarse a lo que otros esperan, y no en decidir por sí misma cómo quiere presentarse.
A él, en cambio, lo dejaban tranquilo.
Su aspecto era cuestión de estilo, personalidad y cuidado.
Nadie lo acusaba de impostor.
Nadie le pedía explicaciones.
La diferencia no reside en el gesto, sino en el filtro que lo interpreta.
Un hábito aprendido que vigila a unos y absuelve a otros.
Un criterio que no surge de la naturaleza, sino de la costumbre,
y que, aun así, se presenta como si fuera una verdad indiscutible.
Se nos ha acostumbrado a llamar “natural” a lo que encaja
y “artificio” a lo que se aleja.
Como si lo impuesto tuviera más legitimidad que lo que escogemos con libertad.
Pero la realidad es que los dos hacen exactamente lo mismo:
modificar su imagen para sentirse más cerca de sí mismos.
No hay engaño en ello.
Hay deseo.
Hay voluntad.
Hay una manera de decir: “este soy yo”.
Quizá lo que resulta incómodo no es el maquillaje, sino la autonomía.
No es el color, sino la elección de llevarlo.
No es la sombra azul, sino el acto de hacer propio el rostro.
Porque, en el fondo, lo que se sanciona no es la máscara,
sino el derecho a escogerla.
Y quizá por eso se insiste tanto en lo “natural”:
no para emancipar, sino para acotar.
No como un refugio, sino como un límite.
Y entonces la pregunta ya no es quién se maquilla y quién no.
Es otra, más sencilla y más incómoda:
¿por qué seguimos llamando “natural” solo a aquello que nunca ha puesto en cuestión el orden de las cosas?
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© Luz M. R. Casas
Todos los derechos reservados
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