Ensayo Luz María Ramos Casas
Ensayo breve

La trampa de lo “natural”

La trampa de lo “natural” · Luz M. R. Casas
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Portada de La trampa de lo natural

Luz M. R. Casas

La trampa de lo “natural”

Ensayo breve

La trampa de lo “natural”

Ensayo

La trampa de lo “natural”

Ella se maquillaba los labios de granate, marcaba sus ojos con una línea segura y dejaba que un rubor rosado le devolviera algo de claridad. No era un disfraz. Era una manera de reconocerse. Verse con color la hacía feliz, como si el espejo necesitara un leve ajuste para estar a la altura de lo que llevaba dentro.

Él también se iba ajustando: el bigote, a veces delgado, a veces recortado; la barba en perilla, bien cerrada o con ese descuido calculado de tres días. También él se estaba buscando. También él se estaba dando forma. Pero a él nadie lo juzgaba.

Y entonces surge una pregunta que invita a reflexionar: ¿por qué el mismo gesto —el de construirse— resulta sospechoso en una mujer y neutral en un hombre?

A ella la señalaban por no parecer natural. Por ocultarse. Por no aceptarse. Como si la naturalidad fuera un deber moral y no una decisión íntima. Como si su rostro perteneciera al espacio público, expuesto al juicio de los demás. Como si ser auténtica implicara seguir un guion que jamás había escrito.

A él, en cambio, lo dejaban tranquilo. Su aspecto era cuestión de estilo, personalidad y cuidado personal. Nadie lo acusaba de impostor. Nadie le exigía explicaciones.

La diferencia no reside en el gesto, sino en el filtro que lo interpreta. Un hábito aprendido que vigila a la mujer y absuelve al hombre. Un criterio que no surge de la naturaleza, sino de la costumbre. Y que, aun así, se presenta como si fuera una verdad indiscutible.

Se nos ha acostumbrado a llamar “natural” a aquello que encaja y “artificio” a lo que se aparta. Como si lo permitido fuera neutral y lo elegido, algo sospechoso.

Pero la realidad es que los dos hacen exactamente lo mismo: modificar su imagen para sentirse más cerca de sí mismos. No hay engaño en ello. Hay deseo. Hay voluntad. Hay una manera de decir: “este soy yo”.

Quizá lo que resulta incómodo no es el maquillaje, sino la autonomía. No es el color, sino la elección de llevarlo. No es la sombra azul, sino el acto de hacer propio el propio rostro.

Porque, en el fondo, lo que se sanciona no es la máscara, sino el derecho a escogerla. Y quizá por eso se insiste tanto en lo “natural”: no para emancipar, sino para acotar. No como un refugio, sino como un límite.

Y entonces la pregunta —la que realmente incomoda— ya no es quién se maquilla y quién no. La pregunta es otra, más sencilla y más incómoda:

¿por qué seguimos llamando “natural” únicamente a aquello que jamás ha cuestionado el orden de las cosas?

Créditos

La trampa de lo “natural”

Autora: Luz M. R. Casas

Texto y derechos reservados por la autora.

Edición digital.

FIN

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He encontrado tu última posición de lectura.

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© Luz M. R. Casas
Todos los derechos reservados

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