FRIJOLES DE LA OLLA Y TORTILLA DE PATATA
Una novela corta que empieza en la cocina y termina donde no esperas.
Una de Jaén en Tepic
Catalina llegó a Tepic con una maleta demasiado grande para una estudiante y demasiado pequeña para todo lo que creía traer consigo. Venía de Jaén, de una tierra de olivares interminables y siestas con persianas bajadas, donde el calor tenía otra forma de quedarse pegado a la piel. No es que en su ciudad no hubiera universidad ni futuro; era que a Catalina la vida quieta le quedaba estrecha. Le gustaba irse, probar, mirar de cerca lo que otros solo señalaban en los mapas. Y México, dicho así, en grande, le sonaba a promesa, a desorden luminoso, al picor inesperado de un plato servido con chile aunque nadie lo hubiera pedido.
Pudo escoger Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey, como hacían tantos españoles que cruzaban el océano con ganas de estudiar y presumir aventura. Pero ella no quería perderse entre multitudes acostumbradas a recibir extranjeros. Quería un sitio donde su acento no se disolviera de inmediato, donde todavía pudiera sentirse recién llegada. Por eso eligió Tepic, una ciudad tranquila, de tardes lentas y calles que parecían no tener prisa por llegar a ninguna parte. Allí, en la universidad, Catalina fue novedad desde el primer día. La llamaron la gachupina, y aunque al principio la palabra se le quedó atravesada, pronto entendió que no venía cargada de rechazo, sino de costumbre. Acabó llevándola como quien lleva un pañuelo vistoso: con gracia, con orgullo y con ese punto de desafío que le encendía la mirada.
No tardó en hacerse de querer. Tenía esa manera andaluza de entrar en confianza antes de que se lo permitieran, de reírse fuerte, de discutir con las manos y de convertir cualquier frase en una escena. Los nayaritas, en cambio, eran gente de trato suave y paciencia larga; hospitalarios sin ceremonia y expertos en ese tipo de bromas dichas a media voz que, cuanto más discretas parecen, más hondo calan.
Catalina encajó allí como encajan las cosas que, sin parecer hechas para juntarse, terminan dándose sabor.
Aquella tarde, el patio de la casa de estudiantes de la colonia El Rodeo parecía un pequeño reino sin corona. Catalina había tardado poco en aprender que en México a los barrios les llamaban colonias. El Rodeo le recordaba a ciertos barrios tranquilos de Andalucía: vecinos que se saludaban desde las puertas, perros dormitando a la sombra y una sensación persistente de que todo el mundo conocía la historia de todo el mundo.
Había cuadernos abiertos sobre la mesa, tazas de café de olla, mochilas tiradas en las sillas y un olor a tierra húmeda que subía de las macetas después de que alguien, con exceso de buena voluntad, las hubiera regado de más. El cielo empezaba a ponerse naranja, y los grillos ensayaban, tímidos todavía, su ruido de fondo.
Fue entonces cuando Toño, vecino de El Rodeo desde que tenía memoria, flaco, tranquilo y con la calma de quien cree que todo problema se arregla si se le da tiempo al tiempo, levantó la vista del teléfono como si acabara de descubrir un dilema filosófico.
—Oigan, muchachos —dijo, con seriedad de notario—, tengo una pregunta importante. ¿Ustedes cómo hacen los frijoles de la olla? ¿Los remojan antes o nomás los lavan y los echan a hervir? Porque en mi casa es agua, sal y paciencia. Pero he visto gente que les hace casi novenario.
Catalina, que hasta ese momento estaba peleándose con unos apuntes de didáctica, alzó la cabeza con interés inmediato. La cocina, para ella, no era un tema menor. La cocina era patria, infancia, abuela, aceite caliente y una historia personal. Se acomodó el pelo detrás de la oreja y entró en la conversación con la alegría de quien encuentra una puerta abierta para opinar.
—¡Pues hombre, Toño! Eso tiene su ciencia —dijo, iluminándosele la cara—. Ayer vi un vídeo de una señora de rancho, una señora curtida, de esas que no necesitan medir nada porque llevan toda la vida mandando sobre las ollas. Decía que los frijoles hay que dejarlos en remojo toda la noche, toíta la noche, para que se ablanden bien. Luego se ponen en la olla con una cabeza de ajo y un trozo de cebolla, y hala, a cocer hasta que estén tiernos. Más claro, agua.
Liz dejó el lapicero sobre la mesa y soltó una risa breve, de esas que avisan que viene corrección.
—Ay, Cata, espérate tantito. Remojarlos, sí, puede ser. Pero el agua del remojo se tira, ¿eh? Sale amarillita, medio espesa, como si el frijol hubiera confesado sus pecados ahí dentro. Mi mamá siempre dice que en esa agua se queda todo lo que luego te infla la panza. Si no la tiras, vas a andar toda airada por los pasillos de la uni, y luego a ver quién se sienta contigo en pedagogía.
El patio entero se vino abajo de risa. Hasta Catalina, que no estaba segura de haber entendido del todo la gravedad científica del asunto, rió por contagio. Toño asintió, satisfecho de ver que su pregunta había abierto una asamblea nacional.
—Yo digo que depende —sentenció él—. Si los remojas, ahorras gas y tiempo. Pero en mi casa, la verdad, van directo al fuego. Agua limpia, frijol limpio y sal al final. Sin tanta ceremonia, porque luego uno empieza con el ajo, la cebolla, el epazote, la hoja santa, la bendición de la abuela, y el corrido que le compusieron, y cuando acuerdas ya no sabes si estás cocinando o haciendo brujería.
Se encogió de hombros.
—Además, eso de que el agua amarilla tiene la culpa de los gases lo dice medio México, pero mi abuela juraba exactamente lo contrario. Según ella, en esa agua se iban parte del sabor y de las propiedades del frijol. Yo nunca he visto a nadie demostrar científicamente ni una cosa ni la otra, pero aquí bastan dos generaciones repitiendo algo para que termine convirtiéndose en ley.
—¡Ah, no, no! —saltó Catalina, defendiendo todavía a la señora del vídeo—. Que si los cueces sin remojo se te quedan como perdigones. Y te digo más: mi Carlos, mi novio, vio también el vídeo y desde entonces se cree ministro del frijol. Los deja dos días en agua, enteritos, hasta que la cocina huele como si hubiera muerto una rata detrás del fregadero, y aun así los cuece, cuando ya están acedados. Dice que quedan más suaves. Yo lo miro y pienso: este hombre tiene un estómago con vocación de mártir.
José Luis, que había estado subrayando un libro de historia con la concentración de quien finge estudiar para no meterse en discusiones ajenas, levantó por fin la cabeza.
—Ilústrame, Cata. Allá en España, ¿venden frijoles así, normal, en cualquier abarrote? Es que yo no me imagino un súper en Jaén con costales de frijol negro y bayo en la entrada.
—¿Frijoles? Allí decimos judías, o alubias, depende de dónde estés —respondió Catalina—. Y sí, claro que se comen. Lo que pasa es que allí todo tiene otro nombre, otra manera de hacerse y otro cariño puesto en la receta. Mi madre hace unas judías viudas que no llevan carne ni falta que les hace. Cuando las cocino aquí, si cierro los ojos, estoy otra vez en mi casa.
Bertha apareció entonces desde la cocina común con un plato de totopos cubiertos de frijoles y aguacate, y la autoridad de quien ha visto quemarse más de una olla en manos inexpertas.
—A ver, criaturas, orden en la sala. Si el frijol está viejo, se remoja. Si está bueno, se lava y se cuece. Agua suficiente, ajo, cebolla, fuego decente y sal hasta el final, porque si se la pones antes se endurece y luego ahí andas rezándole a la olla. Y nada de dejarlo dos días hasta que agarre alma propia, como el novio de la gachupina. El frijol es sagrado, así que se respeta.
Desde una hamaca colgada al fondo del patio se oyó una voz.
—Yo creo que todos ustedes tienen demasiado tiempo libre.
Era Chava. Estudiaba con ellos, vivía también en la casa de estudiantes de El Rodeo y tenía el extraño don de aparecer justo cuando una conversación comenzaba a tomarse demasiado en serio.
—A ver, genio de la flojera —dijo Toño—. Ilústranos.
Chava se incorporó lentamente y levantó una mano como si fuera a impartir una conferencia magistral.
—Mi receta de los frijoles es infalible.
Todos guardaron silencio.
—Voy a la tienda de la esquina, abro el refrigerador, agarro un recipiente de medio litro de frijoles ya hechos, pago veinticinco pesitos y me regreso.
Hizo una pausa solemne.
—Tres minutos en el microondas. Calientitos. Sin remojos, sin epazote, sin aguas amarillitas y sin tanta chimichanga.
El patio entero estalló en carcajadas.
—Eso no cuenta mi Chava —protestó Bertha.
—¿Cómo que no cuenta? —replicó Chava—. El frijol está cocido, yo estoy alimentado y nadie tuvo que escribir la constitución de los frijoles.
—Tú no cocinas porque eres flojo —dijo Liz.
—Falso. Soy un innovador. Mientras ustedes discuten tradiciones ancestrales, yo aprovecho los avances tecnológicos de la civilización mexicana.
—¿Y qué haces cuando se acaba el bote? —preguntó Catalina, divertida.
—Compro otro.
—¿Y si cierran la tienda?
—Entonces sí estamos ante una emergencia nacional.
La discusión pareció encontrar una paz provisional. Una paz de frijoles, ajo, cebolla, gases evitados y aguas amarillitas arrojadas al fregadero. Pero en los patios de estudiantes la paz dura lo que tarda alguien en acordarse de otro tema.
Catalina había aprendido que en México incluso las palabras más sencillas podían esconder sorpresas. Cuando alguien decía tortilla, nadie pensaba en huevos ni en patatas. Pensaban en aquellos discos redondos de masa de maíz que acompañaban casi cualquier comida y que para los mexicanos eran tan cotidianos como el pan para los españoles. También estaban las tortillas de harina de trigo, muy populares en muchas regiones del país, aunque menos omnipresentes que las de maíz. Por eso, desde que llegó a Tepic, se acostumbró a escuchar que a su venerada tortilla de patata la llamaban tortilla española, para que nadie confundiera una cosa con la otra.
Y fue precisamente entonces cuando Paty, que tenía una sonrisa tranquila y peligrosa, se acomodó en la silla como quien afila un cuchillo sin que se note.
—Muy bien —dijo—. Ya entendimos que los frijoles son cosa seria. Ahora yo tengo una duda sobre esa famosísima tortilla española que tanto presumes, Cata. Porque el otro día vi un vídeo de un chef, muy elegante él, muy de internet, que explicaba la receta española definitiva. Y, la verdad, me dejó pensando.
Catalina entornó los ojos. Reconoció el tono. No era una duda: era una provocación envuelta en servilleta.
—A ver, Paty —contestó serena—. Habla. Pero mide tus palabras, que con las cosas del comer de mi España no se juega.
—Pues según el chef —continuó Paty, disfrutando cada sílaba—, la papa se hierve en agua con bastante sal hasta que queda blandita. Luego se cuela, se mezcla con huevo batido y, para que quede cremosa, se le pone un chorrito de leche, crema y pimienta negra. Dice que así queda gourmet.
El silencio cayó sobre el patio como una tapa mal puesta. Incluso los grillos parecieron quedarse esperando. Catalina se levantó tan rápido que la silla gimió contra el suelo. Tenía las mejillas encendidas y los ojos abiertos con una mezcla de horror, patriotismo y ofensa doméstica.
—¡¿Pero qué dices, alma de Dios?! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. ¿Hervir la patata? ¿Leche? ¿crema? ¿Pimienta? ¡Eso no es una tortilla de patatas, eso es un atentado con cubiertos y sartenes! ¡Eso es un pastel triste disfrazado de tortilla! Mira, Paty, yo no sé quién es ese chef ni qué delito cometió de pequeño para acabar diciendo esas cosas, pero a la tortilla se la respeta. Se la respeta como se respeta a una madre cuando está friendo croquetas: sin opinar de más.
Toño, Liz, Bertha, José Luis y Chava estallaron en carcajadas. Paty levantó las manos, fingiendo inocencia.
—Ay, Cata, bájale dos rayitas. Que la crema le da textura. No seas cerrada. El mundo evoluciona.
—El mundo evolucionará todo lo que quiera, pero no a costa de nuestra tortilla de patata —replicó Catalina, ya caminando por el patio como si estuviera dando una tesis doctoral—. Escúchame bien, mexicana de mis entretelas: la tortilla de patata, o tortilla española como le llamáis vosotros, se hace con patata, huevo, aceite de oliva y sal. Y ya está. Luego, si eres de los que quieren guerra civil en la mesa, le pones cebolla o no se la pones, que ese debate en España ha roto más familias que las herencias. Pero hervir la patata, jamás. La patata se fríe lentamente, se confita en el aceite, se ablanda sin deshacerse, se dora apenas, como si hubiera tomado el sol. Después se mezcla con el huevo, se deja que se conozcan un rato y se cuaja en la sartén con respeto. Ni leche, ni crema, ni pimienta negra, ni modernidades de gente que llama deconstrucción a no saber cocinar.
—Pos mira, Cata —saltó Toño, levantando un dedo como quien pide turno en un juicio—, eso mismo pasa con los frijoles. Tú dices «receta inequívoca» y aquí cada casa saca su constitución. Hay quienes juran que el frijol de la olla no lleva más que agua y sal, y que todo lo demás es adorno para gente nerviosa. Otros dicen que sin cabeza de ajo y su buena cebolla aquello no sabe a hogar, sino a castigo. Y en el sur hasta epazote le ponen. Así que no te pongas tan solemne con la tortilla española, que todos tenemos nuestras guerras santas metidas en la cocina de la casa.
—Ya ves —dijo Chava—. Todos creen que la comida de su casa era la buena. Qué casualidad. Y a veces resulta que solo estamos defendiendo a nuestra abuela.
Bertha aplaudió con los totopos todavía en la mano.
—Eso sí fue una guerra santa gastronómica —dijo—. De los dos lados. Ya me dieron ganas de probar la tortilla española y de poner otra olla de frijoles.
Catalina abrió la boca para replicar, pero se le escapó una risa antes que la respuesta. Toño tenía razón, y eso le molestaba un poco, porque las verdades ajenas entran peor cuando vienen envueltas en broma. Miró la mesa, los cuadernos, los totopos, los vasos sudados de café de olla y aquella pequeña corte universitaria donde cada quien defendía su plato como si defendiera a sus muertos.
—Vale —admitió al fin—. Puede que cada casa tenga su manera. Pero hay maneras que son receta y maneras que son delito.
—Exacto —dijo Paty, aprovechando el descuido—. Como la tortilla con crema.
—Ya empezamos —suspiró Chava—. Hay guerras que no terminan ni después del postre.
—No abuses, que todavía puedo retirarte la palabra —le advirtió Catalina, aunque ya estaba sonriendo.
Toño miró hacia la cocina. Luego miró a Catalina, todavía de pie, todavía indignada, todavía hermosa en su exageración.
—Bueno —dijo él—, pues mañana hacemos trato. Tú haces una tortilla española de verdad, de esas que defienden países, y nosotros hacemos los frijoles como Dios, Bertha y el estado de Nayarit mandan. A ver si al final tu aceite de Jaén y nuestro frijol nayarita no terminan llevándose mejor que todos nosotros.
Catalina respiró hondo. La risa de sus compañeros volvió a llenar el patio, ya sin burla, con esa confianza que solo nace cuando uno empieza a sentirse parte de un sitio.
Pensó en Jaén, en su madre y en los olivares que se extendían como un mar quieto. Después miró la mesa desordenada de Tepic, los amigos que pronunciaban su nombre con otro acento y el aroma de los frijoles que llegaba desde la cocina.
Tal vez viajar no consistía en dejar una tierra por otra, sino en sentarlas juntas a la misma mesa y descubrir que podían entenderse sin renunciar a su propio sabor.
—Hecho —dijo por fin, sentándose otra vez—. Pero como os enamoréis de mi tortilla, vais a tener que enseñarme bien lo de los frijoles. Porque entre mi Carlos, los vídeos de YouTube y esa agua amarillita que parece venida del infierno, cualquier día monto una revolución gastronómica y no respondo de las consecuencias.
La lista de la compra y el juez
El primer síntoma de la tragedia no fue el silencio de la cocina ni la hora temprana. Fue el sonido del refrigerador vacío.
José Luis abrió la puerta esperando encontrar desayuno y encontró, en cambio, una imagen bastante deprimente de la vida universitaria: una botella de agua a medias, medio limón reseco y un recipiente sin tapa cuyo contenido nadie se había atrevido a identificar en varios días. Eran, por supuesto, los frijoles de Chava. O eso afirmaba él.
Lo contempló durante unos segundos.
Cerró.
Volvió a abrir.
Nada había cambiado.
Probó suerte con el congelador. Dentro sobrevivía una bolsa de hielo, arrugada sobre sí misma, y dos cubitos sueltos adheridos al plástico.
Después abrió la despensa.
Aquello ya empezaba a parecer personal.
La casa de estudiantes de El Rodeo permanecía medio dormida. Desde las habitaciones llegaba el rumor de una ducha recién abierta, el arrastre de unas chanclas por el pasillo y, a lo lejos, una alarma de teléfono que sonaba por tercera vez. Alguien la apagó. A los pocos segundos volvió a sonar. Quienquiera que fuera, estaba perdiendo una batalla encarnizada contra la mañana.
José Luis cerró la despensa muy despacio.
Entonces lo recordó.
Aquella quincena le tocaba hacer la compra.
En la casa tenían un sistema tan sencillo que, en teoría, resultaba imposible estropearlo. Cada quince días ponían dinero entre todos y uno de ellos se encargaba de abastecer la despensa común con leche, huevos, pan, café, arroz, fruta, tortillas de maíz, productos de limpieza y todo aquello que los demás hubieran ido apuntando en una lista colgada de la puerta del refrigerador. Aquella mañana, sin embargo, no quedaba nada. Ni leche. Ni pan. Ni siquiera tortillas de maíz, que en aquella casa desaparecían con la misma facilidad que los buenos propósitos durante los exámenes.
El sistema era democrático, económico y casi perfecto.
Excepto cuando el responsable se olvidaba de ir al supermercado.
Y José Luis se había olvidado.
Los exámenes semestrales habían convertido los días anteriores en una masa informe de apuntes, presentaciones, entregas, noches demasiado cortas y vasos de café demasiado largos. Durante algún momento de aquella supervivencia académica, la compra había desaparecido de su cabeza.
Rescató del fondo de la cafetera lo último que quedaba y se sirvió media taza.
La estaba contemplando con resignación cuando Paty entró en la cocina como si la persiguiera un incendio.
Llevaba la mochila medio abierta, un cuaderno debajo del brazo y el cabello recogido a toda prisa. Aquella mañana tenía que presentar un trabajo en PowerPoint que representaba una parte importante de la nota final, circunstancia que, a juzgar por su expresión, había convertido a toda la humanidad en potencial enemiga.
Fue directamente al refrigerador.
Abrió.
Miró.
Cerró.
Abrió la despensa.
Miró.
La cerró con más fuerza.
Entonces se volvió hacia José Luis.
—¿Y el desayuno?
José Luis bebió un sorbo de café antes de responder.
—Buenos días para ti también.
Paty señaló primero el refrigerador y después la despensa vacía.
—José Luis, no hay nada.
—Ya me di cuenta.
—No hay leche.
—Lo sé.
—No hay pan.
—También lo sé.
—No hay huevos.
José Luis empezó a sospechar hacia dónde se dirigía aquella conversación.
—Paty…
—¡Ni siquiera hay cereales!
José Luis levantó ambas manos.
—Se me olvidó hacer la compra.
Paty lo miró fijamente.
—¿Se te olvidó?
—Ha sido una semana difícil.
—¿Se te olvidó comprar comida?
—Los exámenes, las entregas, el estrés, la supervivencia…
—¿Y ahora qué vamos a desayunar?
José Luis alzó la taza.
—¿Café?
Paty contempló la taza que José Luis sostenía entre las manos.
—Eso no es desayuno. Eso es agua de color café.
José Luis levantó la taza como si estuviera enseñando una prueba científica.
—Tiene cafeína.
Paty puso los ojos en blanco.
—También la tienen algunas pastillas y no por eso me las desayuno.
José Luis comprendió que su defensa necesitaba argumentos mejores.
Entonces miró la puerta del refrigerador.
La lista.
Se acercó.
Nada.
Ni leche.
Ni huevos.
Ni pan.
Ni una triste cebolla.
La hoja estaba completamente en blanco.
Y José Luis sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, pero luminosa. José Luis estudiaba Derecho y acababa de encontrar lo que cualquier estudiante de su carrera habría reconocido al instante: una grieta en el caso de la acusación.
—Un momento.
Paty lo conocía suficientemente bien para desconfiar.
—¿Qué se te ocurrió ahora?
José Luis señaló la hoja pegada en la puerta del refrigerador.
—Técnicamente, no es toda culpa mía.
Paty soltó una risita incrédula.
—¿Cómo que técnicamente?
—La lista está vacía.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—¿Cómo quieres que compre si nadie apuntó nada?
Paty abrió los brazos.
—¡Porque te tocaba hacer la compra!
—Y a ustedes les tocaba escribir lo que hacía falta.
—¡José Luis! —espetó ella.
José Luis levantó un dedo con solemnidad.
—La responsabilidad colectiva existe, Paty.
—La despensa colectiva no.
—Eso es precisamente consecuencia de que la responsabilidad colectiva haya fallado.
Paty lo observó como quien acaba de descubrir una especie nueva de gansada.
—¿De verdad estás buscando cómo echarle la culpa a alguien más?
—No estoy diciendo eso.
—Lo estás diciendo.
—Estoy señalando una concurrencia de responsabilidades.
—Estás buscando cómplices.
José Luis tomó un sorbo de café.
—Yo solo estoy diciendo las cosas como fueron.
Paty abrió la boca para responder, pero durante unos segundos no encontró palabras.
—Eres insoportable.
—Objeción —contestó José Luis—. Eso es una opinión, no un hecho.
Tan ocupados estaban en aquel juicio doméstico que ninguno de los dos vio entrar a Chava.
Chava cruzó la cocina con la discreción de un gato que conoce la casa mejor que sus propietarios. Escuchó unos segundos la discusión, abrió el refrigerador y examinó su interior.
No pareció sorprendido.
Al fondo encontró un recipiente de plástico.
Sus frijoles.
Su reserva particular para situaciones de emergencia.
Lo sacó, buscó una cuchara y comenzó a comer.
Fríos.
Directamente del recipiente.
Sin tortilla.
Sin pan.
Sin siquiera sentarse.
Mientras José Luis se defendía como gato panza arriba, Chava siguió comiendo sus frijoles sin perder detalle del espectáculo.
Después de la cuarta cucharada fijó la mirada en la hoja vacía.
Algo pareció ocurrírsele.
Dejó los frijoles sobre la barra de la cocina, tomó un bolígrafo y escribió cuidadosamente:
Huevos Crema Leche Aceite de oliva Pimienta negra
Debajo añadió:
(Para la tortilla española)
Lo observó con satisfacción y continuó:
1 kilo de frijoles Sal NO comprar ajo NO comprar cebolla NO comprar epazote
Subrayó los tres últimos «NO».
Volvió a colocar el papel en el refrigerador.
Lo contempló.
Asintió.
Cinco cucharadas después, los frijoles habían desaparecido.
Chava dejó la cuchara en el fregadero, tiró el recipiente vacío a la basura y abandonó la cocina con la misma discreción con que había entrado.
Paty y José Luis no habían notado absolutamente nada.
Paty apoyó ambas manos sobre la barra.
—¡No puedes necesitar una lista para saber que una casa necesita huevos!
José Luis señaló la hoja como si estuviera presentando una prueba irrefutable ante un tribunal.
—Precisamente para eso existen las listas.
—¿Y leche?
—Lista.
—¿Pan?
—Lista.
Paty comenzó a enumerar con los dedos.
—¿Cereales? ¿Jabón? ¿Papel higiénico?
José Luis vaciló por primera vez.
—Bueno…
—Ajá.
—Eso último quizá podría considerarse de conocimiento general.
Paty cerró los ojos un segundo.
—No puedo creer que estés intentando ganar esta discusión.
—No intento ganarla —replicó José Luis—. Solo intento que se repartan correctamente las responsabilidades.
Fue entonces cuando apareció Liz.
Entró bostezando y descalza, se sirvió un vaso de agua y observó durante unos segundos el espectáculo.
Primero a Paty.
Luego a José Luis.
Después reparó en la hoja.
Leyó.
Parpadeó.
Volvió a leer.
Tuvo que cubrirse la boca para no echarse a reír.
—Chin… —dijo haciendo un esfuerzo considerable por mantener la compostura—. En realidad, sí hay lista de la compra.
José Luis dejó de hablar.
—¿Qué?
—Que sí hay lista.
—Hace un minuto estaba vacía.
—Pues ahora está bastante completa.
Paty se acercó.
José Luis se situó a su lado.
Leyeron juntos.
Silencio.
Crema.
Leche.
Pimienta negra.
Tortilla española.
Luego los frijoles.
Y, finalmente, aquella triple prohibición de comprar ajo, cebolla o epazote.
José Luis fue el primero en echarse a reír.
—Chava.
—Chava —confirmó Liz.
Paty negó con la cabeza.
—No puede ser tan tremendo.
—Sí puede —contestó José Luis—. Lo conocemos personalmente.
Por un momento nadie habló de la compra. La lista de Chava había conseguido lo imposible: que una despensa vacía dejara de ser el centro del problema. El tiempo apretaba, las mochilas seguían esperando junto a las puertas y los profesores no concedían aplazamientos por hambre estudiantil. Sin embargo, durante unos minutos, todos permanecieron allí, amontonados alrededor de aquel papel absurdo como si se tratara de un documento histórico.
Toño apareció en aquel momento por la puerta, despeinado y con los ojos todavía medio cerrados.
—¿Qué pasó?
Liz señaló el refrigerador.
—Lee.
Toño se acercó.
Al llegar a la palabra crema empezó a sonreír. Cuando alcanzó el epazote, ya estaba riéndose.
—El condenado Chava no perdona una.
—¿Quién no perdona qué? —preguntó Bertha desde el pasillo.
Entró acompañada de Catalina, que llevaba el cabello revuelto y una taza vacía entre las manos.
—¿Hay café? —preguntó.
Nadie respondió.
Catalina miró la cafetera.
Después miró la taza que José Luis sostenía entre las manos.
Y volvió a mirar la cafetera.
—No me lo puedo creer.
—¿Qué pasó ahora? —preguntó José Luis.
—Dime que ahí dentro queda aunque sea una gota de café.
José Luis levantó lentamente la taza y examinó el fondo como si estuviera revisando una prueba pericial.
—Después de un análisis preliminar, me temo que no.
Catalina cerró los ojos un segundo.
—Madre del amor hermoso…
Paty aprovechó la ocasión para señalar al culpable.
—Y eso no es lo peor. Tampoco hay leche, ni pan, ni huevos, ni tortillas. A este muchachito se le olvidó hacer la compra.
Catalina abrió los ojos de golpe.
—¿Cómo que se te olvidó hacer la compra?
—Ha sido una semana complicada —intentó defenderse José Luis.
Catalina siguió con la mirada la taza de José Luis.
—Qué arte tienes…
—¿Ahora qué hice?
—Acabarte el último café de la casa, por ejemplo.
José Luis bajó la vista hacia su taza.
—Reconozco que, visto así, no mejora mucho mi posición.
Liz soltó una carcajada.
—La verdad, abogado, el caso está complicado.
—Antes de emitir sentencia —dijo José Luis—, solicito que se examinen todas las pruebas.
Catalina levantó la taza vacía.
—Qué pruebas ni qué niño muerto. Explícame cómo has conseguido dejar una casa entera sin café.
Liz, todavía riéndose, señaló la puerta del refrigerador.
—¿Ya vieron? Sí tenemos lista.
Catalina se acercó.
Leyó.
Su expresión fue cambiando línea a línea.
Al llegar a «crema», levantó lentamente la cabeza.
—¿Quién ha escrito esto?
Las risas aumentaron.
—Chava —respondieron varios a la vez.
—Lo de la crema es ofensivo.
Bertha se inclinó para leer el resto.
—Pues lo de quitarle el ajo y la cebolla a los frijoles tampoco tiene perdón de Dios.
—Nombre, peor es la pimienta —dijo Toño partiéndose de la risa.
—¡Peor es la crema! —insistió Catalina—. ¿Pero vosotros habéis entendido lo que pretende hacer ese hombre con mi tortilla?
—Según la lista, alimentarse —respondió riéndose José Luis.
Catalina, ofuscada y divertida, miró alrededor.
—¿Dónde está el Chava?
Nadie lo sabía.
La cocina volvió a llenarse de risas y, como solía ocurrir cuando Chava andaba cerca, aquello dejó de ser un problema y se convirtió en puro cotorreo.
Bertha abrió la despensa y comprobó por sí misma el desastre.
—Pues bromas aparte, aquí no queda absolutamente nada.
—Por fin alguien aprecia la gravedad de la situación —dijo Paty.
Bertha cerró la puerta de la despensa y señaló a José Luis con un dedo.
—Te toca ir a comprar, mijito.
José Luis levantó las manos.
—Bueno, tampoco me crucifiquen.
—No te hagas bolas —replicó Bertha—. Te tocaba a ti.
—Yo nomás digo que la lista estaba vacía.
—Y la despensa también —saltó Paty sin darle tiempo a terminar.
José Luis miró alrededor como si buscara algún aliado.
—Ese detalle sí me cuesta más trabajo defenderlo.
—Pues porque no tiene defensa —sentenció Bertha—. Toda la culpa es tuya, José Luis.
—Sí, maestra.
—Y no te hagas el chistoso.
—Entendido.
Catalina volvió a mirar la lista de Chava.
—Lo que no entiendo es por qué ha puesto exactamente los ingredientes de aquella barbaridad.
Paty soltó una risita.
—Porque se quedó con el antojo.
—¿Con qué antojo?
—Con probarla.
Catalina la miró como si acabara de escuchar un sacrilegio.
—¿La tortilla con crema?
—Esa mera.
Catalina soltó una carcajada.
—Anda ya. A Chava le gusta comer, pero tampoco creo que le tenga tan poco cariño al estómago.
Paty se encogió de hombros.
—Pues yo no estaría tan segura. Bien que ayer se estaba atacando de risa cada vez que salía el tema.
Toño asintió desde el otro lado de la cocina.
—La neta sí.
—Y además —continuó Paty—, mucho presumir de tortilla española y todo eso, pero aquí nadie la ha probado.
Catalina levantó una ceja.
—¿Cómo que nadie la ha probado?
—Pues nadie. Tú dices que está buenísima, que si el aceite de Jaén, que si la patata confitada, que si la tradición familiar… pero puro verbo hasta ahorita.
Las carcajadas volvieron a recorrer la cocina.
—Mujer, si eso se da por hecho.
—En Jaén, a lo mejor.
—¿Y aquí qué pasa?
Paty sonrió.
—Que aquí todavía faltan pruebas.
Catalina entrecerró los ojos.
Paty sostuvo la mirada.
Toño dejó escapar una risita.
—Uy, ya empezó esto.
Y ahí fue cuando la conversación dejó de ser una broma y empezó a convertirse en otra cosa.
El reloj de la cocina avanzaba con una crueldad extraordinaria. Paty lo miraba cada treinta segundos. Toño ya había ido dos veces a buscar la mochila que olvidaba una y otra vez junto a la puerta. Bertha seguía hablando mientras recogía sus cosas, incapaz de contemplar una despensa vacía sin emitir comentarios al respecto. Y José Luis sabía que, terminara como terminara aquella conversación, aún tendría que sobrevivir a sus clases y después enfrentarse al supermercado.
Fue entonces cuando José Luis volvió a mirar la lista, después a Paty y finalmente a Catalina.
Y sonrió.
—No —dijo Bertha de inmediato.
José Luis frunció el ceño.
—Todavía no he dicho nada.
—Por eso mismo. Todavía estamos a tiempo de impedirlo.
Liz soltó una risita.
—La verdad, sí da miedo cuando pone esa cara.
—A ver, escúchenme tantito —insistió José Luis—. Ayer nos quedamos discutiendo sobre cuál es la manera correcta de hacer los frijoles y la tortilla española.
—Porque sí hay una manera correcta —saltó Catalina.
Toño se encogió de hombros.
—Nombre, eso quién sabe. Cada quien habla como le fue en la feria.
—Qué va, Toño. Hay cosas opinables y cosas que son directamente un atentado contra la cocina.
Paty soltó una carcajada.
—Ya salió otra vez la policía de la tortilla española.
—Escúchame bien, mexicana…
—Un momento —la interrumpió José Luis antes de que arrancara—. Precisamente por eso se me ocurrió una idea.
Toño apoyó los codos sobre la barra.
—A ver, pues. Suéltala.
José Luis señaló a Catalina.
—Cata hace los frijoles exactamente como los aprendió en aquel vídeo. Con remojo, ajo, cebolla y todo el asunto.
Después señaló a Paty.
—Y Paty prepara la tortilla española exactamente como la enseñaba su chef de internet.
La sonrisa desapareció de la cara de Catalina.
—¿La de la crema? —preguntó despacio.
—La de la crema —confirmó José Luis.
—¿Y la patata hervida?
—También.
Paty sonrió con toda la mala intención del mundo.
—Y con pimienta.
Catalina se llevó una mano al pecho.
—Madre mía. No sé si tengo amigos o enemigos infiltrados.
Toño ya se estaba divirtiendo.
—Oigan, pues yo sí quiero ver eso.
—Claro que quieres verlo —dijo Catalina—. Porque no es tu tortilla la que van a destrozar.
—A ver, Cata —replicó Paty—, igual resulta que está buenísima.
—Y igual mañana amanece nevando en Tepic.
Las carcajadas volvieron a recorrer la cocina.
Paty señaló la lista de Chava.
—Mucho protestas, pero bien que te puso nerviosa.
Catalina levantó las cejas.
—¿A mí? Anda ya.
La sonrisa de Paty se ensanchó.
—Poquito.
Aquello bastó. Catalina entró al trapo.
—Mira, muchacha. Si haces esa tortilla exactamente como sale en el vídeo y la gente la prefiere a una tortilla española de verdad, prometo no volver a hablar del tema.
Paty levantó una ceja.
—Trato hecho.
Bertha miró a una y a otra.
—¿Ya acabaron?
—Todavía no —dijo Toño, muerto de risa.
—Apenas van calentando.
Y fue entonces cuando surgió la pregunta importante.
—Bueno —dijo Bertha cruzándose de brazos—. ¿Y quién va a decidir quién gana?
La cocina entera se quedó en silencio.
Liz levantó la mano.
—Yo no. Aviso desde ahorita. Pienso probarlo todo, pero no quiero que después nadie me haga responsable de una crisis diplomática entre México y España.
—Yo tampoco puedo —dijo José Luis—. Soy el organizador.
Toño soltó una risita.
—¿Organizador? Nombre, si eso te lo acabas de nombrar tú solito.
—Alguien tiene que poner orden —se defendió José Luis.
Paty se echó a reír.
—Pues empezaste muy bien. Dejándonos sin desayuno.
José Luis levantó las manos.
—Bueno, ya. Una cosa no quita la otra.
—Sí la quita —dijo Toño—. Sobre todo, si la cosa que falta es el café.
Catalina, que seguía sin superar aquella parte de la historia, apuntó hacia él.
—Ahí ha hablado un hombre con sentido común.
Bertha decidió cortar la conversación antes de que volvieran al principio.
—A ver, ya estuvo. Si van a hacer el duelo de frijoles de la olla contra la tortilla española, háganlo bien. Primero hay que comprar todo y luego vemos quién se pone con quién. Pero ahorita tenemos que irnos, que se nos hace tarde.
—Yo voy con los frijoles —dijo Toño.
Bertha asintió.
—Yo también. A ver en qué acaba esto.
Catalina los miró a los dos.
—Me parece a mí que todavía no os habéis enterado de que los frijoles raros los voy a hacer yo.
—Por eso mero —contestó Toño, muerto de risa—. Alguien te tiene que cuidar la olla, Cata.
—Anda ya. Como si yo no supiera manejar una olla.
—Una olla sí —dijo Toño—. Los frijoles ya veremos.
—Qué poca fe me tenéis en esta casa, de verdad.
Liz, que había seguido la conversación desde un lado, levantó la mano.
—Yo no me meto con nadie. Nomás voy a probar.
Toño volvió la cabeza hacia ella.
—Ah, qué cómoda.
—Pues sí. ¿Pa’ qué te voy a engañar?
—O sea, tú vas a comer y ya.
Liz sonrió.
—Alguien tiene que sacrificarse.
—Mira qué lista —murmuró Bertha.
—Gracias.
José Luis agarró entonces la hoja que Chava había dejado en el refrigerador.
—Bueno, pues antes de que se vayan todos, díganme qué hace falta. Porque voy a hacer la compra y esta vez no quiero que luego salgan con que se me olvidó algo.
Paty se acercó a la lista.
—La crema no se te vaya a olvidar.
Catalina giró la cabeza hacia ella.
—Desgraciadamente, esa ya sabemos que hace falta.
—Mira, ya vas aceptando cosas.
—No te emociones, mujer. Acepto porque hay que hacer tu invento, no porque piense probar esa cosa con alegría.
Paty sonrió.
—Tú espérate.
Catalina soltó una risa seca.
—Sí, sí. Yo me espero sentada.
José Luis empezó a completar la lista mientras los demás le iban diciendo lo que faltaba de verdad. Ya bastante problema tenía con acordarse de comprarlo todo como para meterse otra vez en la discusión de la tortilla de patata.
Fue entonces cuando una voz llegó desde la puerta.
—Yo ahí no entro.
Todos se volvieron.
Chava estaba allí.
Nadie había oído llegarle.
Chava estaba recargado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, usando unas chanclas rosas que claramente no eran suyas. Le quedaban tan pequeñas que los talones le sobresalían por detrás varios centímetros.
Liz las reconoció al instante.
—¡Esas son mis chanclas!
Chava bajó la vista.
—Las encontré.
—Las encontraste en mi cuarto.
—Los detalles nomás entorpecen la investigación.
—Las estuve buscando toda la mañana.
—Y yo estuve buscando las mías.
—¿Y?
—Gané yo.
Liz abrió la boca para responder, pero Chava se adelantó.
—Además, las agarré porque tenía prisa.
—¿Prisa de qué? —preguntó Toño.
Chava señaló el refrigerador.
—Pues de venir a rescatar mis frijoles.
La cocina se quedó en silencio un segundo.
Luego soltaron la carcajada.
—¿Tus frijoles? —repitió Liz.
—Sí.
—Nadie se iba a comer tus frijoles.
—Aquí el que no corre, vuela.
—Chava, esos frijoles ya olían raro desde hace dos días —dijo Bertha.
—Eso se llama maduración.
—Eso se llama peligro sanitario.
—Los grandes sabores nunca son comprendidos en su época.
Catalina negó con la cabeza.
—Algún día vas a envenenar a alguien.
—Pues no fui yo quien quiso ponerle crema a una tortilla.
Paty le lanzó una servilleta.
—Ya vas a empezar.
—Yo nomás digo.
Chava se acercó a la mesa.
—A ver, ¿ahora qué traen?
José Luis le resumió el plan: los frijoles de Catalina, los frijoles tradicionales, la tortilla de Paty, la cata y los equipos.
Chava escuchó en silencio.
Luego negó lentamente con la cabeza.
—Nel.
Toño levantó una ceja.
—¿Nel qué?
—Yo no voy en ningún equipo.
—¿Y ahora por qué? —preguntó Paty.
Chava los señaló uno por uno.
—Porque ustedes ya vienen bien amañados.
Apuntó a Catalina.
—La gachupina ya decidió que tu tortilla es delito federal.
Señaló a Paty.
—Tú ya decidiste que internet sabe más que toda España.
Se volvió hacia Bertha.
—Bertha cree que sus frijoles los bajó Moisés del cerro en tablas de piedra.
—Respeta a los frijoles —gruñó Bertha.
—Y Toño lleva desde ayer evangelizando con agua y sal.
Las risas volvieron a llenar la cocina.
—¿Y tú qué? —preguntó Catalina.
Chava acomodó la lista sobre la mesa con una solemnidad completamente ridícula.
Luego se aclaró la garganta.
—Alguien tiene que poner las cosas en su lugar en este relajo.
—¿Quieres ser juez? —preguntó Liz.
—Quiero ser juez, jurado y catador oficial.
—Qué conveniente —resopló Bertha.
—Cada quien sirve a su patria como puede.
Hubo unos segundos de silencio.
Lo peor era que tenía sentido.
—Yo digo que sí —dijo Toño.
—Yo también —añadió Liz.
—Yo protesto —declaró Catalina.
José Luis levantó un dedo.
—Que conste en acta.
Chava sonrió apenas.
La misma sonrisa que pone alguien cuando se sale con la suya sin mover más que las chanclas. Y encima unas que ni siquiera eran suyas.
El gran concurso gastronómico
La casa de la colonia El Rodeo llevaba varios días sobreviviendo como podía.
Los exámenes finales les habían trastornado los horarios, el sueño y, gracias a José Luis, también la despensa.
Había apuntes encima del refrigerador, marcadores en la mesa del comedor y mochilas abiertas por toda la casa. Lo único que no había era tiempo.
Los siete habitantes de la casa sobrevivían como podían. Unos estudiaban de madrugada, otros pegaban cabezadas encima de los apuntes y alguno que otro juraba cada noche que al día siguiente empezaría a estudiar en serio. Nadie le creía.
Paty y Catalina cursaban Magisterio. Se habían conocido durante el primer año de carrera, el día en que Paty colgaba un anuncio buscando compañeras para compartir renta. Catalina acababa de llegar de Jaén, todavía se perdía por la facultad y aún no entendía la mitad de las palabras que escuchaba. Leyó el anuncio, arrancó una pestañita con el número de teléfono y aquella misma semana estaban buscando casa juntas. Desde entonces habían compartido alquiler, exámenes, desvelos y una cantidad absurda de discusiones sobre comida.
José Luis estudiaba Derecho; Toño, Agronomía; Liz, Medicina; Bertha, Contabilidad y Finanzas; y Chava, Ciencias Políticas.
Sin embargo, había algo que unía a aquella pandilla mucho más que la universidad.
La cocina.
Porque en aquella casa todo terminaba, tarde o temprano, alrededor de una olla, de una sartén o de una mesa llena de platos.
A todos les gustaba cocinar.
Bueno, a casi todos.
Chava decía que cocinar era perder tiempo que podía dedicarse a actividades mucho más importantes, como dormir la siesta o no hacer absolutamente nada. Por eso vivía rodeado de recipientes de plástico, comida preparada y envases listos para microondas. Pero la contradicción era que, cuando finalmente se decidía a cocinar, era el mejor de todos.
Nadie sabía cómo lo hacía.
Sus tacos desaparecían en minutos. Sus chilaquiles levantaban el ánimo hasta en temporada de exámenes. Sus enchiladas provocaban silencios respetuosos. Y sus tortas tenían fama propia dentro de la casa.
—No es normal que seas tan flojo y cocines tan bien —solía decir Bertha.
—Es talento administrado inteligentemente —respondía él.
Catalina tenía el problema contrario.
Le encantaba cocinar.
Muchísimo.
Solo que cocinaba español.
Terriblemente español.
Mientras los demás crecieron entre chiles, salsas y jalapeños, ella aparecía con romero, tomillo, laurel, ajo y cantidades de aceite de oliva que hacían sufrir a la economía familiar.
Cuando Chava preparaba tortas, Catalina hacía bocadillos.
A simple vista parecían primos hermanos. Al fin y al cabo, ambos partían de un pan relleno de algo.
Pero hasta ahí llegaban las semejanzas.
Las tortas de la casa solían ir cargadas de carnita, aguacate, mayonesa, salsa, chile y cualquier ingrediente capaz de poner a sudar a una persona adulta.
Los bocadillos de Catalina, en cambio, empezaban casi siempre con un generoso chorro de aceite de oliva. Después venían el jamón serrano, el queso manchego o una tortilla francesa, que en México insistían en llamar omelet.
Para sus compañeros mexicanos, aquella comida tenía un problema difícil de explicar: estaba buena, pero no picaba.
Y para gente criada entre salsas y chiles, eso era casi una provocación.
Aquella noche, entre apuntes, café y desesperación académica, alguien tuvo la brillante idea de recuperar una discusión que ya debería haber muerto.
Nadie recordó quién empezó.
Quizá fue Paty.
Quizá fue Catalina.
Quizá fue Chava, que tenía la extraña capacidad de provocar incendios y luego quedarse mirando desde lejos.
El caso es que, cuando quisieron darse cuenta, estaban otra vez discutiendo sobre los frijoles de la olla y la tortilla española.
Y de discutir pasaron a apostar.
Porque la universidad enseña muchas cosas, pero ninguna tan peligrosa como darle demasiado tiempo libre a un grupo de estudiantes estresados.
La propuesta acabó siendo tan absurda que precisamente por eso les pareció buena.
Catalina prepararía los frijoles siguiendo al pie de la letra aquella receta que había encontrado en internet.
Paty cocinaría la famosa tortilla española del chef que tanto había indignado a la andaluza.
Y el resto decidiría quién tenía razón.
Nadie parecía recordar que las dos recetas provenían de internet.
Y el internet, como bien sabía el mundo entero, estaba lleno de personas muy capaces de convertir una barbaridad en una verdad absoluta si la grababan con buena iluminación y música de fondo.
—Pues ya está decidido —dijo José Luis—. Mañana se hace.
—Antes hay que comprar —recordó Bertha.
—Y antes hay que aprobar exámenes —añadió Liz.
—Y antes hay que sobrevivir a José Luis en un supermercado —concluyó Chava.
La noche anterior al concurso, José Luis tuvo que cumplir condena y ponerse al día con la compra de la casa.
Toño se ofreció a acompañarlo para evitar nuevos desastres logísticos.
Chava fue porque el supermercado tenía aire acondicionado y porque, según él, la historia demuestra que las malas decisiones siempre son más divertidas cuando se toman en grupo.
Mientras José Luis y Toño llenaban el carrito con leche, frutas, arroz, pan, tortillas de maíz y productos de limpieza, Chava desaparecía por los pasillos y regresaba cargado de recipientes de plástico.
Burritos preparados.
Lasañas listas para calentar.
Arroz para microondas.
Enchiladas congeladas.
Y, por supuesto, varios envases de frijoles cocidos.
—Tú nomás no aprendes —le dijo Toño.
—Claro que aprendo.
—No parece.
—Precisamente porque aprendo me llevo esto.
El día señalado, la cocina de la casa de El Rodeo dejó de pertenecer al sentido común.
José Luis lo comprendió cuando vio aparecer a Chava arrastrando desde el patio la mejor silla que tenían: la única que no cojeaba, la única que conservaba los cuatro tornillos originales y la única cuyo asiento de plástico no amenazaba con rajarse bajo el peso de un adulto.
Chava la colocó en un punto estratégico, desde donde podía vigilar la estufa, la barra y el refrigerador sin necesidad de levantarse. Después se dejó caer, cruzó los brazos sobre el pecho y abrió una cerveza recién comprada.
El resoplido del gas al escapar de la lata hizo que Bertha volviera la cabeza.
—¿Y tú qué haces ahí aplastado?
Chava dio un trago corto y contempló la cocina como si ya estuviera evaluando daños.
—Preparándome para impartir justicia.
—Todavía no hay nada que juzgar —le recordó José Luis, que intentaba despejar un espacio entre las bolsas del supermercado.
—Por eso mismo. Un juez serio llega antes que los acusados.
Liz entró detrás de él, se recogió el cabello y ocupó el extremo de la barra más próximo a las ollas.
—Yo voy a ser directora de Control de Calidad.
Toño la miró mientras dejaba una bolsa de cebollas junto al fregadero.
—Eso no existe.
—Claro que existe.
—¿Y qué se supone que haces?
Liz tomó una cuchara limpia y se la guardó en el bolsillo del pantalón.
—Pruebo todo antes que ustedes.
—O sea, vas a comer sin trabajar.
—Exactamente. Qué bueno que estudias Agronomía y no una carrera más complicada.
Toño soltó una risita y negó con la cabeza.
Bertha dio una palmada que levantó un pequeño eco entre los azulejos.
—Ya estuvo de tanto mitote. Pónganse a cocinar de una vez, que si seguimos organizándonos nos va a agarrar la medianoche con las papas crudas.
A un lado de la barra, Paty instaló su puesto de trabajo. Apoyó el teléfono contra el azucarero y abrió el vídeo del famoso chef. El hombre apareció en pantalla vestido con una filipina blanca sin una sola arruga, rodeado de utensilios de cobre y encimeras tan limpias que parecían no haber conocido jamás una cebolla.
Sonreía demasiado.
Hablaba tranquilo, estirando las palabras con esa seguridad de quien jamás ha tenido que limpiar una sartén quemada.
Catalina se acercó lo suficiente para observarlo.
A los pocos segundos torció la boca.
—No me gusta.
Paty comprobó que el volumen estuviera al máximo.
—Todavía no ha dicho nada.
—Precisamente. No ha dicho nada y ya me cae mal.
—Cata, este vato tiene tres millones de seguidores y cocina en París.
—Como si cocina en la luna. Esa sonrisa no es de fiar.
Desde su silla, Chava levantó la cerveza en dirección a la pantalla.
—No juzguemos al prójimo por la dentadura.
—Tú eres el juez —le recordó Liz.
Chava volvió a mirar al chef.
—Entonces queda oficialmente juzgado.
Paty soltó una carcajada y puso el vídeo desde el principio.
La primera instrucción consistía en hervir las papas enteras.
Con piel.
Catalina observó cómo Paty llenaba una olla de agua y dejaba caer dentro la primera papa. El golpe contra el fondo metálico resonó en la cocina.
Luego cayó la segunda.
Después la tercera.
Con la cuarta, Catalina cerró los ojos.
No durante mucho tiempo. Apenas unos segundos, los necesarios para aceptar que no podía salvarlo todo.
—No.
Paty encendió el fuego.
—¿No qué?
—Eso que acabas de hacer.
—¿Poner a cocer las papas?
Catalina abrió los ojos y señaló la olla.
—Las patatas no se hierven para hacer una tortilla, alma de cántaro. Se cortan y se confitan en aceite. Te lo he dicho ciento de veces.
—El vídeo dice que se hierven.
—Pues el vídeo miente.
Paty se inclinó sobre el teléfono fingiendo sorpresa.
—Qué fuerte. Tres millones de personas engañadas y tú aquí, en El Rodeo, con la verdad absoluta.
—No te rías, que esto es serio. — dijo Cata.
—Por eso lo estoy haciendo exactamente como dice.
Catalina la contempló un instante.
Había una sonrisa pequeña en la comisura de los labios de Paty. No estaba convencida por el chef ni pretendía hacer una revolución culinaria. Lo que quería era ver cuánto tardaba Catalina en perder la paciencia.
Y estaba consiguiéndolo.
—Tú lo que quieres es verme sufrir —dijo la española.
Paty aumentó un poco la llama.
—También.
Toño se apoyó en la barra, divertido.
—Déjala, Cata. Tú misma dijiste que había que seguir las recetas.
—Sí, hombre, ya lo sé. Pero no sabía que íbamos a seguirlas hasta el fondo del precipicio.
Chava abrió una libreta sobre las piernas y fingió escribir.
—Primera observación oficial: la concursante española ya da por muertos a los ingredientes.
—Tú dedícate a beberte tu cerveza —le respondió Catalina.
—No puedo hacer dos cosas a la vez.
—Eso explica muchas cosas de ti.
Mientras las papas hervían, Paty organizó el resto de los ingredientes: huevos, leche, crema, pimienta y un frasco de chile piquín que José Luis había dejado cerca por si la receta necesitaba, según él, “un poco de personalidad”.
Catalina miró el frasco.
Después miró a José Luis.
—Ni se te ocurra.
Él levantó las manos.
—Todavía no he propuesto nada.
—Te conozco esa cara.
—¿Cuál cara?
—La de hombre que está a punto de estropear algo y luego defenderse con términos jurídicos.
José Luis sonrió.
—Estás prejuzgando.
—Y acertando.
Las papas tardaron media hora en ablandarse. Cuando Paty las sacó con unas pinzas, el vapor le envolvió las manos y le empañó la cara. Intentó quitarles la piel antes de que se enfriaran, se quemó las yemas de los dedos y soltó una maldición.
Catalina bajó la cabeza para ocultar la risa.
Paty volvió a quemarse.
Esta vez Catalina no consiguió disimular.
—Qué necesidad, de verdad.
—Ni te rías ni ayudes.
—Puedo hacer las dos cosas.
—Pues mejor no hagas ninguna.
Paty dejó caer las papas peladas dentro de un tazón y tomó el machacador de frijoles. Era un utensilio de metal oscurecido, con el mango gastado por los años y la base todavía teñida por alguna salsa que se resistía al jabón.
Empezó a aplastarlas.
El resultado fue una masa irregular, húmeda y llena de grumos.
Catalina se acercó un poco.
—Eso parece el yeso con el que taparon la pared del patio.
—Pues no lo pruebes.
—No pensaba hacerlo.
—Vas a probarlo.
—Antes muerta.
—Eso dijiste de la salsa verde y ahora se la pones hasta a los huevos.
Catalina abrió la boca para responder, pero se detuvo. Paty tenía razón y ambas lo sabían.
—Eso es distinto.
—Claro. Cuando te gusta algo mexicano, es distinto.
—No tergiverses.
—Todavía ni estudio Derecho y ya aprendí.
José Luis levantó la vista.
—Agradecería que no desprestigiaran la profesión antes de que yo consiga el título.
Paty batió los huevos con tanta fuerza que la mezcla empezó a salpicar los bordes del tazón. Añadió leche. Después abrió el envase de crema.
Catalina aspiró aire por la nariz.
—Madre del amor hermoso…
—Ya vas otra vez —dijo Paty.
—Yo no he dicho nada.
—Invocaste a la Virgen.
—Porque la situación lo requiere.
La primera cucharada de crema cayó sobre la mezcla. Luego otra. El huevo y la patata adquirieron una consistencia espesa y pálida, como una papilla que no terminaba de decidir si quería ser desayuno o material de construcción.
Chava estiró el cuello desde su trono.
—Yo digo que le falta color.
José Luis tomó el frasco de chile piquín.
—Justo lo que estaba pensando.
Catalina se interpuso antes de que pudiera acercarlo.
—Ni hablar.
—Nomás una pizquita —dijo José Luis—. Para que agarre sabor.
—¿Sabor? Esto ya lleva leche, crema, pimienta y el sufrimiento de varias generaciones de españoles. ¿Qué más quieres?
Paty le quitó el frasco a José Luis y lo sostuvo sobre el tazón.
—Un poquito no le haría daño.
—Paty.
—Nomás para que no quede tan pálida.
—Paty.
La mexicana sonrió y agitó ligeramente el frasco, sin llegar a abrirlo.
—Tenías que haberte visto la cara.
Catalina apuntó hacia ella con el dedo.
—Como una sola mota de chile caiga ahí dentro, te comes tú sola la sartén. Con mango y todo.
Paty dejó el frasco donde estaba.
—Qué poco respeto por la innovación.
—Y qué poca vergüenza tenéis vosotros.
Liz se acercó con su cuchara de Control de Calidad.
—Yo voto por el chile.
—Tú no votas —dijo Catalina—. Tú has venido a comer gratis.
—No es gratis. Estoy arriesgando mi salud.
—La estás arriesgando desde que te sentaste junto a Chava.
—Oigan —protestó él—, el tribunal exige respeto.
—El tribunal lleva media cerveza y no se ha levantado de la silla —replicó Bertha.
—Por eso sigue funcionando.
Paty añadió la pimienta. Dio una vuelta al molinillo, después otra y, animada por las protestas de Catalina, una tercera. La superficie de la mezcla quedó salpicada de puntos negros.
—Ya está —anunció.
—Eso parece una tortilla con viruela —dijo Catalina.
—No la has probado.
—Todavía conservo ese privilegio.
Paty calentó una sartén vieja y añadió aceite de maíz. El metal tardó poco en desprender un olor conocido a frituras anteriores, como si conservara la memoria de todos los frijoles refritos, huevos estrellados y tortillas de maíz que habían pasado por allí.
Chava señaló la sartén.
—Una cucharadita de manteca de puerco le daría cuerpo.
Bertha se volvió hacia él.
—¿Cuerpo de qué?
—De alimento serio.
Liz levantó su cuchara.
—Y un poquito de mantequilla para que brille.
—Van a convertirla en lámpara —murmuró Catalina.
Paty se acogió a las sugerencias y vertió la mezcla en el aceite caliente. La pasta cayó con un sonido blando, casi resignado, y empezó a extenderse con dificultad por el fondo de la sartén.
Durante los primeros segundos no ocurrió nada.
Después los bordes comenzaron a burbujear.
Enseguida apareció un olor pesado a huevo, crema caliente y pimienta, tan espeso que parecía quedarse suspendido bajo el techo.
Catalina se llevó una mano a la cintura.
—Eso no tiene arreglo.
—Apenas lleva un minuto —protestó Paty.
—Hay cosas que nacen torcidas.
—También dijiste que mi pelo corto no me iba a quedar bien.
—Porque no te quedaba bien.
—Cata.
—Mujer, si quieres que te mienta, avisa.
Paty soltó una risa a pesar de sí misma y bajó el fuego.
La superficie de la tortilla seguía húmeda. Por debajo, sin embargo, ya empezaba a formarse una costra oscura. El olor cambió poco a poco. Primero fue tostado. Después intenso. Finalmente, preocupante.
Liz acercó la nariz.
—Creo que ya se está agarrando.
—No se está agarrando —respondió Paty—. Se está dorando.
Chava se inclinó hacia delante.
—Esa frase la dice todo el mundo cinco segundos antes de quemar algo.
Paty pasó la espátula por los bordes. La mezcla se resistió. Intentó despegarla por un lado y una grieta se abrió en el centro.
Catalina se acercó.
—No la toques más.
Paty levantó la mirada.
—¿No que no tenía arreglo?
—Y no lo tiene. Pero por lo menos deja que muera entera.
—Qué dramática eres.
—Es una tortilla de patata. El drama viene incluido.
Cuando llegó el momento de darle la vuelta, la conversación se apagó por sí sola.
Paty buscó un plato ancho y lo colocó sobre la sartén. Tenía las manos húmedas y la expresión de quien se dispone a cruzar una carretera con los ojos cerrados.
José Luis apartó las reglas del concurso.
Toño dejó la cebolla a medio cortar.
Liz se subió a un banco para ver mejor.
Chava, por primera vez, se levantó de la silla.
—No es por meter presión —dijo—, pero si se cae, yo voto por llamarla tortilla deconstruida.
—Cállense todos —ordenó Paty.
Catalina observó la posición de sus manos.
—Sujeta bien el plato.
Paty la miró con suspicacia.
—¿Me estás ayudando?
—Estoy evitando que tengamos que rascar huevo del suelo hasta Navidad.
—Entonces ven.
—Ni hablar.
—Cata.
Catalina resopló, se acercó y colocó una mano sobre el plato.
—Aprieta aquí. Y cuando giremos, no dudes.
—¿Así?
—Sí. A la de tres.
Paty dobló ligeramente las rodillas.
—Una…
—Espera.
—¿Ahora qué?
—Que no estás sujetando bien la sartén.
—Hace un momento sí.
—Hace un momento no estabas a punto de arruinarme la nacionalidad.
Paty recolocó las manos.
—¿Ya?
—Ya. Una, dos…
Giraron antes del tres.
La sartén quedó boca abajo.
El plato recibió una parte compacta de la mezcla.
La otra se escurrió entre ambas superficies con la lentitud de la lava, cruzó la barra y empezó a gotear hacia el suelo.
Durante un segundo nadie se movió.
Luego Chava retrocedió para salvar las chanclas.
Liz soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que agarrarse del respaldo de la silla.
Paty contempló la masa amarillenta desparramada sobre la barra. Tenía un mechón pegado a la frente y los dedos cubiertos de huevo.
Catalina fue la primera en recuperar la voz.
—Te lo dije.
Paty volvió lentamente la cabeza.
—No empieces.
—Te dije que eso no tenía cuerpo.
—No empieces, Cata.
—Te dije que no era una tortilla.
—¡Que no empieces!
Catalina apretó los labios, intentando contenerse.
No pudo.
—Es que parece que la sartén ha vomitado.
Toño se dobló sobre la barra.
Hasta Bertha tuvo que darse la vuelta para reír sin que Paty la viera.
Paty respiró hondo. Miró el desastre, después el teléfono, donde el chef seguía sonriendo desde una cocina impecable, y finalmente el molde desmontable que guardaban para los bizcochos.
Algo se endureció en su expresión.
—Esto todavía no se acaba.
Recogió la mezcla con una espátula. Desechó la parte que había tocado el suelo, devolvió al tazón lo que seguía sobre la barra y vació el resto en el molde.
Catalina abrió mucho los ojos.
—¿Qué haces?
—Salvarla.
—Eso ya no se salva ni con una peregrinación a Lourdes.
—El chef dice que también se puede terminar en el horno.
Catalina miró la pantalla.
—Eso se lo acaba de inventar porque se le rompió a él también.
Paty encendió el horno.
—Pues entonces estamos siguiendo la receta al pie de la letra.
Introdujo el molde al horno y cerró la puerta con firmeza.
—Ahí está. Tortilla horneada de chef internacional.
Catalina contempló el bulto pálido y deforme a través del vidrio.
—Eso es un pastel de patata.
—Es una tortilla española moderna.
—Es un pastel.
—Moderno.
—De patata.
Paty se limpió las manos con un trapo.
—Ya veremos qué dice el juez.
Ambas se volvieron hacia Chava.
Él había regresado a su silla y estaba abriendo otra cerveza.
—El juez dice que no lo involucren hasta que haya comida. —Respondió Chava.
Mientras aquella construcción imposible se asentaba dentro del horno, en la otra mitad de la cocina Catalina empezó su propio experimento.
Los frijoles negros llevaban toda la noche en remojo. Descansaban bajo un agua oscura, violácea y espesa, con pequeñas burbujas adheridas a la superficie.
Bertha se inclinó sobre el recipiente.
—¿Negros?
Catalina la miró.
—Sí, negros.
—Yo habría comprado bayos.
—Pues estos son los que ponía en la lista.
—En la lista decía frijoles.
—Y esto son frijoles.
Toño asomó la cabeza entre ambas.
—A mí me da lo mismo el color.
Bertha se volvió hacia él.
—Porque tú te comes lo que sea.
—Eso no significa que no tenga criterio.
—Significa exactamente eso.
Toño tomó un frijol entre los dedos y lo examinó con la seriedad de un agrónomo frente a una especie desconocida.
—Frijol es frijol. Negro, bayo, peruano, flor de mayo… al final todos van a dar al mismo sitio.
—Pues vaya análisis científico —dijo Catalina.
—Estudio plantas, no modales.
El conflicto verdadero comenzó cuando Catalina levantó el recipiente y se encaminó hacia el fregadero.
Toño la siguió con la mirada.
—¿Qué vas a hacer?
—Tirar el agua.
Toño soltó el frijol.
—Espérate.
Catalina continuó andando.
—Que la señora del vídeo dice que se tira.
—Pos la señora del vídeo anda mal.
—Tú no la conoces.
—Ni falta que hace. Ahí se te va parte del sabor y todas sus propiedades.
Bertha se colocó junto a Toño.
—Yo tampoco la tiraría.
Catalina se detuvo frente al fregadero y miró a los dos.
—Ayer Liz decía que había que tirarla porque es donde se queda todo lo que os infla la barriga.
—Liz estudia Medicina, no frijoles —respondió Toño.
Desde la barra, Liz levantó la cuchara.
—Yo nomás repetí lo que dice mi mamá.
—¿Ves? —dijo Toño—. Información sin respaldo científico.
José Luis alzó la cabeza.
—Objeción. Testimonio de oídas.
Liz lo miró.
—Tú cállate, que dejaste la casa sin desayuno.
José Luis volvió a sus reglas.
Catalina inclinó ligeramente el recipiente.
—La tiro. — avisó.
Toño dio un paso hacia ella.
—No la tires.
—La tiro.
—No.
—Sí.
—Cata.
—Toño.
Chava abrió la libreta.
—El tribunal acepta apuestas. —Espetó con humor.
Catalina empezó a vaciar el agua.
El líquido oscuro cayó en la tarja y se arremolinó alrededor del desagüe. Toño lo observó marcharse con una expresión de duelo verdadero.
—Mira nomás. Todo el sabor por el caño.
—Estoy tirando agua, no una herencia familiar.
—Es casi lo mismo.
Catalina sacudió el recipiente para eliminar las últimas gotas.
—Pues ya está.
—Qué desperdicio.
—Como luego os pongáis a tronar como petardos, no quiero quejas.
Toño frunció el ceño.
—¿Tronar como qué?
—Como una mascletà.
—¿Y eso qué es?
—Ruido, cohetes, pólvora y explosiones. No me hagas explicártelo ahora.
Chava escribió algo.
Bertha intentó mirar.
—¿Qué apuntas?
—Posibles efectos secundarios de la prueba.
—Cochino —dijo Liz, dándole un golpe en el hombro.
Catalina cubrió los frijoles con agua limpia. La receta pedía una cabeza de ajo y una cebolla.
Puso una cabeza de ajo.
Luego otra.
Toño levantó una ceja.
—Ahí van dos.
—La primera era pequeña.
Las dos tenían el mismo tamaño.
Nadie se molestó en señalarlo.
Catalina añadió una cebolla entera. Después otra más pequeña. Abrió el armario y sacó laurel, perejil y una rama de romero.
Bertha la observó.
—Eso no salía en el vídeo.
—No exactamente.
—Entonces, ¿por qué se lo echas?
Catalina dejó caer una hoja de laurel.
—Para dar sabor.
Toño soltó una risa seca.
—Ah, bueno. Para tirar el agua sí seguimos a la señora, pero ahora ya metemos media sierra de Jaén en la olla.
—No es media sierra. Son cuatro hierbas.
—Y el aceite —añadió Bertha.
Catalina abrió la botella y vertió un chorro. Sobre el agua se extendieron círculos dorados que fueron a reunirse alrededor de las cebollas flotantes.
—Aceite de oliva —corrigió ella—. Eso no puede hacerle daño a nada.
—Tampoco el agua del remojo —murmuró Toño.
Catalina tapó la olla con algo más de fuerza de la necesaria.
—Es mi toque personal.
—Eso se llama hacer trampa —dijo Bertha.
—Se llama aportar criterio.
—Ah, pos yo le pongo epazote —propuso Toño.
—Ni se te ocurra.
—Mi toque personal.
Catalina lo miró. Toño sostuvo la expresión seria durante apenas dos segundos antes de echarse a reír.
—Anda y no molestes.
—Yo nomás digo.
Catalina colocó la olla sobre el fuego. El vídeo indicaba una llama viva al principio y fuego medio después. Ella puso la hornilla demasiado alta mientras volvía la atención hacia el horno de Paty.
Bertha alcanzó a verlo.
—Bájale tantito.
—Ahora.
—Se te va a consumir el agua.
—Que sí, mujer.
—No le pusiste mucha.
Catalina levantó la tapa y miró dentro. Los frijoles estaban cubiertos por apenas un par de dedos de agua.
—Es suficiente.
Toño asomó por encima de su hombro.
—Yo digo que no.
—Pues no digas nada.
—¿Y la sal?
Catalina agarró un puñado generoso y lo dejó caer.
Bertha abrió los ojos.
—¿Desde ahorita?
—Eso decía la señora.
—La sal se pone cuando ya están blanditos.
Catalina miró el teléfono.
—Pues esta mujer la acaba de poner.
—La sal los va a endurecer —insistió Bertha.
—No los va a endurecer.
—Sí.
—Que no.
—Bueno —dijo Bertha, apartándose—. Son tus frijoles.
Aquella frase le produjo a Catalina más inquietud que todas las advertencias anteriores.
Durante los siguientes veinte minutos, la cocina se llenó de voces, vapor y movimiento. José Luis trataba de ordenar los utensilios mientras nadie dejaba de cambiarlos de sitio. Liz probaba las preparaciones a escondidas y Chava comentaba cada tropiezo con la comodidad de quien no había encendido un solo fuego.
Paty vigilaba el horno con una mano apoyada en el cristal.
Catalina se burló de la forma hinchada que iba adquiriendo su tortilla de patata.
Paty respondió que al menos su plato no parecía una sopa de cebollas enteras.
Toño abrió una cerveza.
Bertha encontró el frasco de chile piquín destapado y culpó a José Luis.
Nadie se acordó de bajar la llama de los frijoles.
El olor fue lo primero.
Llegó poco a poco, escondido entre el ajo, la cebolla, el huevo caliente y el aceite. Al principio parecía una nota tostada. Algo apenas distinto.
Después se hizo más oscuro.
Más áspero.
Un olor que se pegaba al paladar antes incluso de respirar hondo.
Chava dejó de sonreír.
Levantó la nariz.
Liz hizo lo mismo.
Se miraron.
—Se está quemando algo —dijeron a la vez.
Toño se volvió hacia la estufa.
Una hebra de humo gris escapaba por uno de los bordes de la tapa.
—¡Los frijoles!
Catalina palideció.
Corrió hacia la olla y apartó la tapa. Una bocanada de vapor negro le golpeó el rostro. Tosió, dio un paso atrás y se cubrió la nariz con el antebrazo.
En el fondo de la olla, el agua había desaparecido.
Los frijoles formaban una masa pegada con granos oscuros. Los ajos estaban tostados hasta volverse casi negros, el laurel se había quebrado en hojas secas y las cebollas, antes blancas, tenían una costra color carbón.
—¡Agua! —gritó Bertha.
—¡Échale agua, Cata! —añadió Toño, abriendo la llave del fregadero.
Catalina agarró una jarra con tanta prisa que golpeó dos vasos y estuvo a punto de tirarlos.
—¡Ya voy, hombre!
El agua cayó sobre la olla caliente.
El siseo fue violento.
Una nube de vapor invadió la cocina con olor a humo, cebolla quemada y metal recalentado. José Luis abrió la ventana. Liz agitó un trapo para apartar el humo. Chava rescató sus cervezas del borde de la barra antes de ponerse a salvo.
—¡Hijo de la tiznada! —exclamó—. ¡Se nos quemó hasta todo Tepic!
—Haz algo útil y abre la puerta —le ordenó Bertha.
—Yo soy juez, no Protección Civil.
—¡La puerta, Chava!
—Ya voy, ya voy. Ni porque uno tenga cargo respetan las funciones.
Paty observaba la escena desde el horno. Intentó esconder la sonrisa, pero Catalina la descubrió.
—Tú no te rías.
—Yo no dije nada.
—Lo estás pensando muy fuerte.
Paty se limpió las manos con un trapo.
—Nomás pienso que hace rato estabas enterrando mi tortilla y ahora ya carbonizaste los frijoles. —Rió fuerte.
—Tus patatas siguen metidas en un molde de bizcocho.
—Pero no están echando humo.
—Dales tiempo.
Toño introdujo una cuchara de madera en la olla y trató de separar los granos del fondo.
El sonido que produjo fue el de una pala raspando piedra.
—Esto se pegó machín.
Catalina tomó la cuchara.
—Déjame.
—No rasques el fondo —le advirtió Bertha—. Si levantas lo quemado, todo va a saber a humo.
Catalina intentó rescatar los frijoles de la superficie y trasladarlos a otra olla. Algunos cedían. Otros se habían quedado adheridos como si hubieran decidido formar parte permanente del aluminio.
—Esto todavía se salva —afirmó.
Toño la miró.
—Eso dijo Paty de la tortilla.
—Pues igual tenía razón.
Paty se echó a reír.
—Mira nomás quién recuperó la fe.
Catalina añadió agua limpia a la segunda olla y bajó el fuego hasta dejar una llama pequeña. Los frijoles quedaron flotando en un caldo turbio, con pequeñas manchas negras que revelaban su pasado reciente.
Toño acercó la nariz.
—Huelen a llanta.
—Exagerado.
Bertha probó una gota de caldo con la punta de la cuchara. Su expresión se mantuvo inmóvil.
Catalina esperó.
—¿Y?
Bertha dejó la cuchara.
—Huelen a dos llantas.
Chava soltó una carcajada desde la puerta.
—Que conste en acta: el peritaje confirma incendio con pérdida total.
José Luis levantó un dedo.
—Yo soy quien utiliza el lenguaje jurídico en esta casa.
—Pues levanta tú el acta. Yo estoy ocupado contemplando la tragedia.
Catalina se quedó mirando los frijoles. El orgullo todavía la mantenía erguida, pero el color le había subido a las mejillas y varios mechones húmedos se le pegaban a la frente.
—Los dejo un rato más y se les quita.
Esta vez nadie discutió.
No porque estuvieran de acuerdo.
Porque daba pena contradecirla.
El temporizador del horno sonó casi tres horas después.
Para entonces, los frijoles se habían ablandado de manera desigual. Algunos se deshacían al tocarlos. Otros conservaban un corazón duro que crujía entre los dientes al probarlos. El caldo, diluido por las sucesivas jarras de agua, había adquirido un color grisáceo y un sabor donde competían el laurel, el romero, el ajo quemado y algo que recordaba vagamente al fondo de una chimenea.
Paty se acercó al horno y abrió la puerta.
La tortilla de internet había crecido dentro del molde. Su superficie estaba reseca y cuarteada. Por los bordes había adquirido un color marrón oscuro, mientras el centro conservaba una palidez húmeda y temblorosa.
Chava se aproximó lentamente.
—Eso está vivo.
—Cállate —dijo Paty.
Introdujo un cuchillo en el centro. Salió cubierto de una pasta amarillenta.
Liz se inclinó.
—Le falta.
—Lleva tres horas —protestó Paty.
—Pues lleva tres horas faltándole.
Catalina recuperó parte de su alegría.
—Te lo dije. Eso es un pastel.
Paty volvió a meterlo en el horno durante veinte minutos más. Cuando lo sacó por segunda vez, el centro se había secado, pero también los bordes, que ahora parecían una corteza.
Dejaron enfriar el molde sobre la barra.
Al desmoldarlo, la masa se sostuvo.
Aquello fue su única victoria.
Tenía la altura de un bizcocho bajo, la densidad de un ladrillo y una superficie salpicada de pimienta. Al cortarlo, el cuchillo atravesó primero una costra dura y después un interior compacto, sin rastro de la jugosidad prometida por el chef.
Catalina contempló una porción.
—Eso no es una tortilla de patata.
Paty se dejó caer contra la barra.
—Ya sé.
Fue la primera vez en toda la tarde que lo reconoció sin pelear.
Catalina la miró.
Ya no había burla en su cara. Solo cansancio y un poco de lástima por aquella cosa que ambas habían visto nacer contra todo consejo razonable.
—Pero para defensa personal igual sirve —añadió.
Paty soltó una risa.
—Te la aviento y te tumbo.
—A mí y a media provincia de Jaén. —Bromeó Catalina.
Llevaron los dos platos al patio.
No hubo ceremonia.
No hubo aplausos.
La tortilla descansaba en el centro de una bandeja como una pieza de arquitectura experimental. Los frijoles ocupaban una olla diferente a la original, porque la primera seguía en remojo, condenada a una noche entera de jabón y raspado.
Chava se sentó frente a las pruebas y abrió su libreta.
José Luis se colocó a su lado.
—¿De verdad vas a probarlos?
Chava examinó primero los frijoles.
Después la tortilla.
Luego miró a Catalina y a Paty.
—Alguien tiene que cerrar este expediente.
Tomó una cucharada de frijoles.
Sopló.
Probó apenas la punta.
Su expresión cambió muy poco, pero dejó de masticar.
Catalina se inclinó hacia delante.
—¿Y?
Chava tragó con esfuerzo.
—Saben a que alguien intentó cocinar un bosque y terminó incendiándolo.
Toño se tapó la boca, pero la risa se le escapó entre los dedos.
Bertha probó otra cucharada.
Frunció el ceño.
—Primero saben a laurel.
—¿Y después? —preguntó Catalina.
—Después ya nomás saben a quemado.
Catalina tomó la cuchara y los probó ella misma. El sabor ahumado le llenó la boca de inmediato. Después apareció el ajo, fuerte y amargo. Al final quedó un regusto metálico que ninguna cantidad de aceite de oliva habría podido salvar.
Bajó la cuchara.
—Bueno…
Paty levantó una ceja.
—¿Bueno qué?
—Que quizá se han agarrado un poco.
Toño soltó una carcajada.
—¿Un poco? Cata, esos frijoles traen acta de defunción.
—No exageres.
—Si les soplas, sale ceniza.
Las risas desarmaron lo poco que quedaba de la dignidad de Catalina. Se tapó la cara con ambas manos y terminó riéndose también.
—Vale, vale. Han salido fatal.
—Que conste en acta —dijo José Luis.
—Tú no constes nada. —Replicó Chava.
Llegó el turno de la tortilla de patata.
Paty cortó una porción pequeña y se la entregó a Chava. Él la sostuvo con el tenedor. La pieza no se dobló.
—Mira nomás —dijo—. Hasta tiene estructura antisísmica.
—Pruébala y cállate —le pidió Paty.
Chava mordió una esquina.
Masticó.
Siguió masticando.
Bebió cerveza.
Volvió a masticar.
Liz observaba con interés médico.
—¿Necesitas que te revise la mandíbula?
Chava consiguió tragar.
—Tiene personalidad.
Bertha negó con la cabeza.
—Eso significa que está mala.
—Tiene muchísima personalidad —precisó Chava.
Paty probó su propia tortilla. El primer bocado le secó la boca. La pimienta apareció después, seguida por una acidez extraña de crema cocida y un picor final que nadie recordaba haber autorizado.
Miró a José Luis.
—¿Le pusiste chile?
José Luis evitó sus ojos.
—Habría que revisar la cadena de custodia de los ingredientes. — Le respondió.
—¡José Luis!
—Fue una pizca.
Catalina se echó a reír.
—Muy bien, abogado. Ahora te la comes entera.
Él tomó un pedazo, lo probó y necesitó varios segundos para responder.
—Reconozco que la propuesta no produjo los efectos esperados.
—Habla normal —le exigió Paty.
José Luis dejó el plato.
—Está malísima.
Aquello terminó de hundirlos.
Liz se dobló sobre la mesa. Toño tuvo que levantarse porque la risa no le cabía sentado. Bertha se secó una lágrima con el borde del delantal. Catalina reía apoyada en el hombro de Paty, y Paty, que había resistido toda la tarde por orgullo, acabó riéndose también.
Chava golpeó la mesa con la cuchara.
—Orden en la sala.
Nadie le hizo caso.
Esperó a que las risas disminuyeran y abrió solemnemente la libreta.
—Este tribunal ya tiene una resolución.
José Luis se secó los ojos.
—¿Cuál?
—Empate.
Catalina levantó la cabeza.
—¿Cómo que empate?
—Las dos perdieron. —Sentenció Chava.
—Eso no es un empate —protestó Paty.
—Claro que sí. Salieron igual de mal.
—Mis frijoles por lo menos se pueden comer —dijo Catalina.
Toño hizo una mueca.
—Poder se puede. También se puede masticar un cinturón.
Paty señaló su tortilla.
—Pues la mía se sostiene.
—También un ladrillo —respondió Bertha.
Chava escribió algo en la libreta.
—Motivo del fallo: exceso de confianza en desconocidos de internet con cámara, música dramática y cocina demasiado limpia.
José Luis miró por encima de su hombro.
—Ese razonamiento sí está bien fundamentado.
—Gracias. Cuatro años de Ciencias Políticas tenían que servir para algo.
—¿Y cuál es la sentencia? —preguntó Liz.
Chava cerró la libreta.
—Que nadie vuelve a cocinar una receta de internet sin leer primero los comentarios.
—Eso sí lo apoyo —dijo Toño.
—Y que alguien pida tacos —añadió Chava.
Diez minutos más tarde, los siete salieron de la casa de El Rodeo. Dejaron atrás la tortilla de patata endurecida, la olla de frijoles ahumados y una cocina que olía a incendio, pimienta y orgullo mal cocido.
En la esquina, la carreta de tacos brillaba bajo una bombilla blanca. La carne giraba lentamente frente al fuego, dorándose por los bordes. El taquero cortaba finas láminas del trompo con la rapidez de quien no necesitaba consultar ningún tutorial. Las tortillas de maíz calientes se amontonaban bajo un paño, el cilantro y la cebolla fresca fue recibiéndolos uno a uno.
Chava ocupó el primer banco disponible.
—Siete órdenes —anunció—. Y a mí me pone una extra, jefe. Hoy trabajé doble.
—¿Tú qué hiciste? —preguntó Liz.
Chava tomó un rábano del plato común.
—Sobreviví a las pruebas.
Catalina probó el primer taco con cautela. La salsa le prendió fuego en la lengua y le hizo lagrimear los ojos.
Toño vio su expresión.
—¿Enchila mucho?
Catalina tragó con dificultad, enderezó la espalda y tomó aire.
—Qué va.
—Se te están saliendo las lágrimas.
—Emoción gastronómica.
Paty soltó una carcajada y le acercó el vaso de agua de jamaica.
—Ándale, española. Antes de que te nos desmayes.
Catalina bebió un trago largo. Cuando recuperó el aliento, miró a sus compañeros, todavía manchados de huevo, humo y restos de aquella batalla absurda.
—Entonces, ¿queda demostrado que los vídeos eran una porquería?
—Queda demostrado —dijo José Luis— que ninguna de las dos recetas superó las pruebas materiales.
—Habla como persona —le pidió Bertha.
—Pues simón. Eran una porquería.
Chava levantó su taco como si brindara con él.
—Internet es una herramienta maravillosa.
Catalina lo miró.
—¿Y eso a qué viene ahora?
—A que sirve para muchas cosas.
Le dio un mordisco al taco, masticó con calma y señaló con la barbilla la carreta.
—Pero cuando se trata de comer, mejor pregúntale a alguien que sí sepa.
El taquero, que había escuchado la última parte, levantó la vista del trompo.
—¿Van a querer otra ronda o nomás vinieron a filosofar?
Se alzaron siete manos.
Esta vez, el veredicto fue unánime.
Créditos
Autora: Luz M. R. Casas
Nombre completo: Luz María Ramos Casas
Texto y derechos reservados por la autora.
Edición digital.