Nada
Se olvidan antes los ausentes.
Los muertos se quedan.
Hacen peso.
Los ausentes no: se disuelven.
Me fui porque tenía que irme.
La vida tiró de mí y seguí el hilo.
No hubo drama.
No hubo ruptura.
Solo un camino que se abría y yo caminando dentro.
Pensé que algo de mí quedaría allí.
Un gesto.
Un resto.
Un pequeño ruido que dijera que estuve.
Pero no.
Los muertos siguen pesando.
Siguen ocupando sitio.
Siguen siendo recordados aunque ya no respiren.
Yo no.
Yo me fui y me olvidaron antes que a ellos.
La ausencia hizo su trabajo sin prisa.
No dolió.
Solo limpió.
Como si una mano pasara por encima de mi nombre
y lo dejara en blanco.
Un día entendí que ya no me esperaban.
Que ya no me pensaban.
Que mi sitio se había cerrado sin ruido.
No fue un golpe.
Fue un asentimiento.
Un “así es” que no necesitó voz.
A los muertos se les guarda un hueco.
Aunque duela.
Aunque incomode.
A los ausentes no.
A los ausentes se les pierde sin querer.
Se les borra sin culpa.
Y cuando miro atrás, no hay rastro.
Ni sombra.
Ni eco.
Ni historia.
Solo un espacio limpio.
Demasiado limpio.
Y lo más duro es esto:
me olvidaron antes de que yo aprendiera a irme.
···
© Luz M. R. Casas
Todos los derechos reservados
···
Sígueme:







