La niña que corría lejos

La historia de Luz María Ramos Casas

Fragmento de una vida que sigue corriendo

Antes de ser autora, fue una niña que corría descalza por las calles polvorientas de Guasave, con el pelo enmarañado por el calor, como si el mundo comenzara en sus patios y terminara donde el sol se deshacía al caer la tarde.

—¡No te alejes tanto! —le gritaban desde la casa.

Pero ella, imparable, seguía su camino.

La narradora la observa crecer en ese pueblo del noroeste, en Sinaloa, donde el calor se pegaba a las paredes y las tardes resplandecían con una luz única. Era la segunda de seis hermanos, y la casa… la casa era un universo: amplia, abierta, con cuatro patios —uno de ellos enorme, su favorito, donde jugaba al voleibol con sus hermanas y aprendió a montar en bicicleta— y un jardín que abrazaba el chaflán, como queriendo protegerlo del tiempo.

Sus padres, maestros en la escuela Vicente Guerrero, fueron el origen de todo.

—Escribe tu nombre aquí —le decía su madre, inclinándose sobre el cuaderno.

Apretaba el lápiz con fuerza, sacaba la lengua sin darse cuenta y trazaba cada letra con una seriedad que desmentía su edad. Aprendió a leer en aquella escuela, pero también aprendió a mirar: a quedarse quieta, descubriendo lo que otros ignoraban. El gesto sutil de la maestra al pasar lista. El polvo suspendido en la franja de luz junto a las ventanas. El crujir de los pupitres al moverse. El silencio que lo envolvía todo.

Un día su padre llegó con un coco entre las manos. Venía de un viaje. Había atravesado una playa repleta de palmeras, y en el suelo encontró uno distinto a los demás: una pequeña ramita verde asomaba, frágil, improbable. Le llamó la atención. Lo levantó, lo miró un instante y decidió llevarlo a casa.

—Mira lo que traje —dijo al entrar.

Ella lo observó con curiosidad.

—¿Qué es eso?

—Un coco… pero mira, ya quiere ser algo.

Lo plantaron en la esquina de la casa, justo donde un ciclón, años atrás, había arrancado un árbol robusto. La tierra aún guardaba la grieta de aquel tronco.

—A ver si arraiga —dijo él.

Desde entonces, ella iba cada día con la manguera. Regaba la tierra con cuidado, a veces empapando más de la cuenta, pero siempre con mimo. Le gustaba cuidar las plantas del jardín, pero aquella palmera de coco era distinta: era suya, o al menos así lo sentía.

—¿Ya creciste? —le susurraba.

Al principio parecía que nada cambiaba. Solo tierra, calor y espera. Pero un día asomó un destello de verde. Luego una hoja. Después otra.

Con el tiempo, la palmera se alzó alta, delgada, un poco tozuda. Más alta que la casa. La gente la señalaba al pasar.

—Ah, sí, la casa de la palmera.

Y ella sentía, aunque jamás lo dijera en voz alta, que aquella planta narraba también su historia.

Su abuela, a quien solo ella llamaba mamá Pancita —aunque en realidad se llamaba Panchita, como suelen decir en México a las Franciscas—, también era maestra. Pero con ella todo era distinto. Tenía una mirada que la hacía sentirse verdaderamente vista.

—Si aprendes a leer, te llevo a la Ciudad de México.

Ella se lo tomó en serio.

Aprendió rápido. Y la abuela cumplió. El viaje quedó grabado en su memoria como esas primeras veces que nunca se olvidan: el ruido, la gente, los coches, las calles que parecían no acabar jamás. La Ciudad de México la desbordaba y a la vez la atraía. En medio de ese caos, la abuela le entregó un libro.

—Este es para ti. El Principito.

Por las noches se metían juntas en la cama. La habitación olía a talco y a calma.

—Léemelo en voz alta —le pedía la abuela.

—¿Así?

—Sí, despacito, para que las palabras no se asusten.

Abría el libro con delicadeza, como si sostuviera algo vivo. Deslizaba el dedo por las líneas antes de leerlas. Comenzaba a su ritmo, palabra por palabra. A veces vacilaba, retrocedía. La abuela esperaba, paciente, dejándola encontrar su camino.

El silencio envolvía la habitación, roto solo por esa voz pequeña que crecía poco a poco. De vez en cuando levantaba la vista.

—¿Así está bien?

La abuela sonreía.

—Sí. Sigue.

Y ella seguía. Entonces comprendió algo que se quedó para siempre: las historias no estaban solo en lo que se leía, sino en lo que ocurría mientras se leía.

Al terminar un capítulo, la abuela apagaba la luz.

—Seguiremos mañana.

Cerraba el libro con las dos manos, guardando en su interior un poco de la noche.

Leer se volvió refugio. Escribir, un secreto. Comenzó a hacerlo en silencio. Poemas en hojas sueltas, cuentos que no mostraba, cuadernos escondidos en una gaveta. Si alguien preguntaba, se encogía de hombros.

—¿Qué haces?

—Nada.

Pero sí hacía.

En los concursos de la escuela, casi siempre ganaba. Pronunciaban su nombre por el micrófono y la hacían pasar al frente. Caminaba con las manos heladas, escuchando los aplausos como si no fueran del todo para ella. Recogía el diploma, esbozaba una sonrisa tímida y volvía a su lugar.

Por dentro quería gritar: soy yo. Pero la timidez la contenía. Aun así, persistía.

También cantaba. Se sentaba con la guitarra y probaba acordes una y otra vez, hasta encontrar el que encajaba.

—Otra vez esa canción —le decían.

—Es nueva.

Era otra manera de ordenar lo que sentía.

Luego llegó el cambio. La adolescencia no fue un lugar, sino varios: Recoveco, Mazatlán, Culiacán… y finalmente la Ciudad de México. Cada mudanza significaba empezar de nuevo.

—¿De dónde eres?

Se detenía a pensar.

—De muchos lugares.

Y era verdad.

En cada sitio aprendió a mirar primero y a hablar después. A entender cómo moverse, cuándo acercarse, cuándo quedarse al margen. Se volvió más observadora, más callada, como si siempre registrara lo que sucedía.

La Ciudad de México fue distinta. No solo por su tamaño o ruido, sino por la sensación de que todo ocurría a la vez. Caminaba con la vista alzada, tratando de abarcarlo todo. Allí, lo que llevaba dentro comenzó a ocupar más espacio en su vida, aunque siguiera siendo un mundo propio, algo que aún no compartía.

Los años continuaron.

Hoy vive en Castellón, en la Comunidad Valenciana, España. La vida es otra: su esposo, sus hijos, una calma distinta. Fueron ellos quienes comenzaron a abrir esa puerta.

—Mamá, ¿por qué no publicas?

No supo qué responder.

—Si ya lo escribiste, ¿no?

Y tenían razón.

Poco a poco fue sacando lo que había guardado durante tanto tiempo. Cuadernos, hojas sueltas, textos olvidados. Se reencontró en ellos. Y entonces lo hizo.

Desde aquí escribe, mientras la mente viaja y regresa. A veces está en su casa actual; otras, sin darse cuenta, vuelve a Guasave: a los patios, al calor, a la palmera nacida de un coco, a la voz de mamá Pancita pidiéndole que leyera sin prisa.

Porque, en el fondo, todo comenzó ahí. En una casa abierta, en un rincón del jardín donde la vida renació, y en una niña que descubrió, casi en secreto, que las palabras también pueden ser un hogar donde quedarse.

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© Luz M. R. Casas
Todos los derechos reservados

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Este es el cuaderno abierto de mi escritura: un lugar donde se reúnen notas y pensamientos que dialogan entre sí.
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