Relato Corto

Sin música, sin señal: el amor.

El amor llegó la primera vez como un golpe de luz mal calibrado.
No deslumbraba: raspaba.
Te obligaba a entrecerrar los ojos y a seguir avanzando igual, a ciegas, convencida de que aquello que ardía en el pecho era destino y no —simplemente— juventud haciendo de gasolina.

Te enamoraste como se cae: sin mapa, sin equilibrio, sin salvavidas.
Y cuando te dejaron, el mundo no se volvió triste: se volvió estrecho.
Como una habitación donde el aire está contado.
Como si el día tuviera menos horas y todas fuesen la misma.

Creíste que no habría después.
Que el amor era una puerta que se cerraba una vez y ya.
Que lo que se pierde a esa edad no se repone, solo se arrastra.

Pero hubo un después.
Y dolió distinto.
Más hondo, más lento, más adulto: un dolor que baja la voz y se queda quieto.

Ese amor tampoco se quedó.
Te usó como quien apoya la espalda en una pared ajena: un minuto de descanso antes de seguir andando.
Y tú, que ya sabías lo que era partirte por dentro, aprendiste a recoger tus pedazos sin que nadie lo viera.
A meterlos en el bolsillo como se guarda un objeto peligroso.
A sonreír con cuidado para que no se notara el filo.

Luego vino otro.
Y también se fue.
Y empezaste a pensar que el amor era eso:
una sucesión de llegadas que no se quedan,
una coreografía de manos que te rozan solo para comprobar que sigues ahí.
No viva: útil.
Disponible.
Todavía abierta.

Hasta que un día —uno cualquiera, sin música, sin señal, sin épica—
el amor apareció cuando no lo estabas mirando.
No venía a salvarte.
Ni a completarte.
Ni a arreglarte como si fueras un objeto.
No traía un discurso.
Traía presencia.

Se sentó a tu lado como si siempre hubiera sabido el lugar, con una naturalidad casi ofensiva, como quien deja las llaves sobre la mesa y no hace teatro de ello.
Y dijo: “Estoy aquí”.

Y tú, que ya no esperabas nada —porque esperar cansa, y tú estabas cansada—
sentiste algo parecido a la calma.
No la euforia.
No el vértigo.
La calma: ese territorio raro donde el cuerpo no se prepara para el golpe.

El amor, cuando es real, no te saca del barro. No llega con ceremonias.
Se ensucia contigo.
No te promete mañanas perfectas: te acompaña cuando el día sale torcido y nadie aplaude.
No te llena de señales: te sostiene lo mínimo para que no te pierdas.

Hay amores que entran como incendio.
Y hay otros que entran como una lámpara tenue: suficiente para no tropezar.

El amor real es el que no necesita ser interpretado.
El que no te pide que demuestres nada para merecer quedarse.
El que no se va cuando te rompes, porque entiende —sin decirlo— que romperse no es una excepción: es una forma de estar viva.

Y un día, sin darte cuenta, descubres que el amor no llegó para iluminarte.
Llegó para no apartarse cuando oscurece.
Para quedarse en la penumbra contigo.
Para compartir el silencio sin convertirlo en castigo.

Eso es el amor.
No un milagro.
Una presencia.
Una forma de quedarse…
y de no huir de lo que encuentra cuando se queda.

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© Luz M. R. Casas
Todos los derechos reservados

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