Ensayo breve

El lugar donde nos contradecimos: hipocresía.

La hipocresía es un terreno que todos cruzamos sin querer reconocerlo.
Un límite delicado entre lo que sentimos y lo que mostramos,
entre lo que deseamos y lo que realmente podemos permitirnos sentir sin desbordarnos.
No es traición: es equilibrio.
Una cuerda fina donde intentamos no perder el paso.

Hay momentos en que decimos “estoy bien” como quien coloca una tabla sobre una zona frágil.
No para engañar, sino para no desmoronarse.
La verdad completa pesa demasiado,
y la hipocresía aparece como un gesto mínimo de supervivencia,
una forma de seguir avanzando sin que la superficie que creemos firme termine de abrirse.

A veces, la hipocresía es un refugio.
Un cuarto estrecho donde guardamos lo que aún no sabemos nombrar,
lo que nos avergüenza,
lo que nos hiere,
lo que todavía no encuentra forma.
No es cobardía: es tiempo.
El tiempo que una verdad necesita para no arrasarnos al salir.

También es una frontera.
La línea donde conviven dos versiones de nosotros mismos:
la que actúa por costumbre
y la que piensa en silencio,
la que quiere avanzar
y la que teme perder algo si lo hace.
Esa contradicción no nos vuelve falsos: nos vuelve humanos.
Somos capas superpuestas, impulsos que chocan,
deseos que se contradicen sin anularse.

La hipocresía es, a veces, la forma más sincera que tenemos de proteger lo que aún no podemos enfrentar.
No es una máscara que oculta, sino un margen que sostiene lo que todavía busca su lugar.
Una manera de decir:
Lo que no muestro también forma parte de mí.

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© Luz M. R. Casas
Todos los derechos reservados

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