El peso que cargabas, mamá.
Crecí sabiendo que tu infancia quedó abierta por una ausencia:
que con cuatro años te quedaste sin padre
y que esa ausencia temprana te marcó el gesto,
como una luz que nunca terminó de volver.
A los veinte ya estabas embarazada
y la vida te empujó sin darte tregua.
Seis hijos seguidos,
seis cuerpos pequeños reclamando tus manos,
seis voces creciendo a la vez
mientras tú buscabas un lugar donde agarrarte.
Doblabas jornadas en la escuela, entregando horas que parecían no agotarse,
formando a los hijos de otros
mientras los tuyos te esperábamos en casa.
Y aun así llegabas:
agotada, tensa, firme,
pero llegabas.
Nos criaste con lo que tenías,
con lo que sabías,
con lo que te había quedado en pie.
La gente te recuerda con ternura.
Yo te recuerdo áspera.
De palabra que a veces dolía,
de un carácter que me desbordaba,
de una fuerza que no sabía descifrar
y contra la que me estrellé demasiadas veces.
Me dolió tu manera de querer,
me dolió no poder alcanzarte,
me dolió no saber mirarte sin miedo.
Con el tiempo entendí lo que de niña no podía:
que una madre también se sostiene sola,
que mientras nosotros pedimos,
ella intenta no caer.
Que detrás de cada gesto brusco
hay una mujer agarrándose al mundo
para no desaparecer.
Que nadie la sostiene,
y aun así sostiene a todos.
Hoy miro atrás
y ya no veo solo la dureza.
Veo a la mujer que perdió a su padre,
a la muchacha empujada a la adultez sin transición,
a la madre que cargó con todo
sin un hombro donde descansar.
Veo tu cansancio,
tu miedo,
tu empeño feroz por mantenernos a salvo.
Veo la vida que te tocó soportar
y la forma en que te partiste para que no nos rompiéramos.
Y al mirarte desde aquí comprendo lo que entonces no alcanzaba:
que cargabas un peso que venía de lejos
y que, con la fuerza que te quedaba, hiciste malabares para que no cayéramos.
No sabías ser madre —nadie sabe—,
pero te aferraste a lo que tenías,
y esa manera tuya, dura en ocasiones,
fue tu forma de mantenernos lejos del derrumbe.
Me dolió, sí,
pero ahora entiendo que esa fuerza era tu manera de que pudiéramos seguir.
No intento corregir lo vivido,
solo mirarlo desde un lugar donde ya no me rompe.
Reconozco ahora la hondura de tu paso,
la forma en que abriste camino
entre pérdidas, cansancio y días interminables.
Veo cómo te mantuviste en pie
cuando todo tiraba hacia abajo,
cómo nos empujaste hacia adelante
aunque a ti te faltara suelo.
Y en esa verdad, por fin, te veo.
···
© Luz M. R. Casas
Todos los derechos reservados
···
Sígueme:


