El padre detrás del silencio.
Crecí pensando que tu silencio era una forma de distancia.
Una seriedad que no sabía interpretar,
un gesto que parecía alejarme.
Creí que vivías lejos por elección,
que tu ensimismamiento era un muro
y no el dolor que aprendiste a ocultar.
Con el tiempo he ido descubriendo la vida que escondías detrás.
El cortijo humilde, los hermanos compartiendo la misma carencia,
una infancia desprotegida,
la decisión solitaria de estudiar cuando nadie más podía.
La muerte prematura de tu madre,
la cadena de pérdidas que te dejó sin un lugar al que regresar.
La juventud truncada por un embarazo inesperado,
un matrimonio que llegó antes que la elección,
y la responsabilidad posándose sobre ti como una sombra alargada.
Enterraste a los tuyos uno tras otro:
padres, hermanos,
a mi madre,
a tu hija menor.
Y aun así seguiste.
No sé desde dónde, pero seguiste.
Hoy miro tu seriedad de entonces
y ya no la confundo con desdén.
Era tu modo de sostenerte,
tu forma de no quebrarte,
tu pequeño refugio contra un mundo que no dejó de dolerte.
Y ahí, aunque yo no lo entendiera, también estabas conmigo.
No busco absolverte ni juzgarte.
Solo reconocerte.
Reconocer al hombre que sobrevivió a todo,
al joven que no tuvo tiempo de serlo,
al padre que no supo estar como yo necesitaba,
pero que estuvo como pudo,
y cuya manera silenciosa de permanecer
también fue una forma de querer.
Y en esta mirada nueva cabe también el amor:
no el imaginado,
sino el real.
Un amor hecho de resistencia, de torpeza, de silencios,
de esa forma imperfecta de querer
que nunca aprendiste a decir
pero que, aun así, sigue respirando en ti
y llega, por fin, hasta mí.
Te reconozco ahora, y en ese gesto algo se acomoda en mi propia historia.
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© Luz M. R. Casas
Todos los derechos reservados
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