Prosa lírica existencial

Cuando la soledad me abruma.

La soledad se cierne sobre mí como un manto de sombra líquida y envuelve mis pensamientos en un eco silente. Es un velo delicado y denso que, al descender, ahoga los susurros de la realidad y me invita a perderme en la penumbra de mi ser.

Allí, la tendencia de mi cuerpo al espíritu es imperturbable, como si la carne quisiera evaporarse hacia el infinito mientras el alma se desliza, indómita, entre los hilos invisibles que tejen el universo.

La cotidianidad se vuelve un escenario distante, irrelevante. Mi cuerpo permanece allí, inerte, incapaz de reaccionar ante el murmullo repetido de los días.

Arde en mi pecho una añoranza desesperada por una madurez precoz, como si la nostalgia de lo nunca vivido me empujara a desafiar el tiempo. Hay en mí un denuedo que inhibe la medida y la mesura frente a la vastedad del mundo y la fragilidad de la vida humana.

Me descubro en la frontera donde el espíritu se interroga a sí mismo. En ese abismo busco la razón última de mi existir.

Sé que mi misión no es simplemente venir al mundo para contemplar su vuelo caótico, el revoloteo errante de las cosas en el universo, sino hallar la melodía oculta tras el ruido, el propósito que pulsa bajo la corteza visible de la vida.

Soy un ser errante que indaga el motivo de su existir, como quien busca en la arena el rastro de una ola perdida, el vestigio de un sueño nunca pronunciado.

No vine a este mundo para ser espectadora del caos, sino para desafiar el olvido: hacer del silencio una flor de sentido.

Observo el universo como un remolino de incertidumbre, danzando entre la luz y la sombra, y me niego a ser parte de su errante desorden.

Enfrento mi destino.
Consciente de que la paz es la gran misión: la estrella que brilla entre el polvo de las batallas interiores.

La paz se levanta como empresa inabarcable. Se enfrenta al invicto, al indigente de sentimientos, al que ha convertido la guerra en cicatriz indeleble, al que expolia la esperanza de quienes nada poseen.

Es la batalla invisible contra la insensibilidad; la lucha por rescatar la ternura allí donde la costra del dolor amenaza con endurecer el alma.

Me enfrento al que arrastra el peso de la guerra;
al que ha borrado la compasión de su mirada;
al que ha saqueado la dignidad del pobre.

En ellos busco la paz: palabra que se quiebra y se rehace, como un grito desgarrado que brota de mi garganta y me ahoga, me asfixia, y me obliga a patrullar con ímpetu renovado los linderos de mi cuerpo y de mi alma.

La corteza que sostiene mi cuerpo es la última barricada contra la desesperanza. En ella, la paz es un eco profundo que, aun en el silencio, no deja de buscar la luz que redime, la verdad que libera.

···
© Luz M. R. Casas
Todos los derechos reservados

···


Sígueme: