Relato Corto

Afuera.

Migrar es descubrir que el cuerpo recuerda antes que la mente.
Que hay un temblor muy viejo que despierta cuando pisas un suelo que no te reconoce.
No es miedo.
Es conciencia.
Una lucidez que rompe.

Migrar es entender que el hogar no era un lugar,
sino la forma en que respirabas allí.
Y que esa respiración ya no vuelve.
Aunque regreses.
Aunque lo intentes.
Aunque te digas que sí.

Migrar es un ejercicio brutal de identidad:
te obliga a mirarte sin adornos,
sin la versión cómoda de ti que funcionaba en otro sitio.
Aquí no sirve.
Aquí eres otra.
Aquí eres la que aprende a sostenerse sin raíces.

La gente cree que migrar es avanzar.
Pero migrar es perder capas.
Perder certezas.
Perder incluso la manera en que te nombrabas.
Y quedarte con lo que queda cuando ya no queda nada.

Migrar es preguntarte quién eres
cuando nadie alrededor tiene memoria de ti.
Cuando tu historia no pesa en ninguna parte.
Cuando tu nombre no abre ninguna puerta
y tu voz suena un poco extranjera incluso para ti.

Migrar es un acto filosófico sin quererlo:
te obliga a pensar en lo que te sostiene,
en lo que te define,
en lo que te duele.
Te obliga a preguntarte qué parte de ti es tuya
y qué parte era del lugar que dejaste.

Migrar es emocional porque arranca.
Filosófico porque desnuda.
Humano porque duele.

Y aun así sigues.
No por valentía.
No por destino.
Sino porque hay algo en ti —pequeño, terco, vivo—
que insiste en no apagarse.

Migrar es eso:
seguir ardiendo
en un mundo que no sabe todavía cómo sostenerte.

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© Luz M. R. Casas
Todos los derechos reservados

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Este es el cuaderno abierto de mi escritura: un lugar donde se reúnen notas y pensamientos que dialogan entre sí.
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